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Domingo, 29 Julio 2018 01:37

Tadeusz Kantor: un instante duradero y luminoso

Por Juan Carlos Carta

Todas las historias del mundo, de los hombres y mujeres en el mundo, ya están contadas.

Los maestros de escritura, usualmente, refieren que el acto creativo está en la forma de narrar una vez más una vieja historia. En la singularidad con que ese narrador o narradora cuenta. Aquello atravesado por vivencias personales, formas de entender esta vida, es lo que hace de una buena historia algo único e irrepetible.

Tadeusz, desde niño, comprendía este acto singular. Refiere Kive Staiff, en su prólogo al libro de Kantor “El teatro de la muerte”, que éste, cuando niño, gustaba de construir ingeniosos dispositivos escénicos para sus amigos y familiares. Para Tadeusz el mejor elemento teatral que él concibió en toda su carrera, se halla en la niñez: un encadenando de cajas de zapatos con diferentes escenografías que el pequeño hacía pasar por una caja más grande, con una abertura que quería representar una boca de escena. Puedo imaginar al niño polaco, en ese clima de entre guerras, jugando y representando para pocos, sus ensoñaciones. Puedo ver el crecimiento de éste, después, en el dolor de la destrucción a la que fue sometido su pueblo.

En 1955, Tadeusz Kantor crea su grupo Cricot 2 y desde allí, ya no se detendrá en el reconocimiento que el mundo le va a dedicar a su obra. Para todos los que lo vimos, un tiempo antes de su muerte, en Buenos Aires, esa obra ha quedado remachada en la memoria.

Todo lo que uno ha soñado que el hecho teatral puede causar en el público, el teatro de este artista lo conseguía: la historia en su devenir, pero extrañamente detenida en un tiempo sin tiempo, el olor de la madera vieja, las actuaciones que excedían lo que en la jerga teatral se entiende como orgánico en el trabajo del actor, incluso la presencia del mismo Kantor en escena, hacían que esa fuera una experiencia única e irrepetible.

Un teatro donde la metafísica, la filosofía, la historia, el anhelo y la desesperación humana, la gran risotada tragicómica, se daban la mano para crear un instante duradero y luminoso.