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Sábado, 06 Octubre 2018 10:37

En Zama, Lucrecia Martel revisita a Di Benedetto

Por Juan Carlos Carta

Aquella joven salteña que había llamado la atención al público y a la crítica especializada, allá por los noventa, con uno de sus cortos “Rey Muerto”, en el 2001 vendría a ocupar un lugar fundamental en el cine argentino con su opera prima: “La Cienaga”.

Si el cine tiene capacidad poética, como sociológica, en los films de Lucrecia Martel esto se ve claramente. Muchas cosas importantes ya se definían en ese primer largometraje de Lucrecia: la capacidad de poetizar y llenar de sentido los espacios filmados, el fuera de campo como elemento narrativo fundamental, la visibilidad de las cosas que se nos ocultan en un gesto, en una acción. Y por supuesto, el tratamiento sonoro en sus películas, que nos llevaría mucho más espacio comentarlo, pues Martel tiene una verdadera posición teórica y estética sobre lo que debe significar el sonido en una película. Nunca lo utilizará como comúnmente se usa: sólo para apoyar emocionalmente una escena. Por el contrario, la banda sonora en el cine de Lucrecia preanuncia lo que vendrá, se mete en la psiquis de los personajes, los define. Completa muchos aspectos que la imagen no puede ni sabe cómo mostrar.

En “La Cíenaga” interpretada por Graciela Borges, Mercedes Morán, entre otros, se describe lo siniestro y luego la fatalidad, en las siestas de una finca salteña, donde todo parece imperturbable y tranquilo.

La realización de “La niña santa” (2004) le hizo merecedora a Lucrecia Martel de la nominación a la Palma de Oro en el festival de cine de Cannes ese año.

Luego vendría “La mujer sin cabeza” (2008)  que también sería invitada a numerosas competencias y festivales a nivel mundial.

Hoy Lucrecia Martel nos presenta “Zama” (2017), y aquí me gustaría irme por otro sendero, el que me conduce hacia  genial escritor de la novela. El texto que inspira esta película es del mendocino Antonio Di Benedetto (1922 - 1986). Hablar de Di Benedetto es hablar de uno de los más grandes escritores argentinos, quien aun sufriendo la tortura y la cárcel durante la última dictadura cívico militar, su escritura se las ha arreglado para eso: ser una de las mayores de nuestro país. Con textos como “Los suicidas”, “El silenciero” y el mismo “Zama”,  la obra de Antonio Di Benedetto se inscribe para siempre como un tesoro de nuestras letras nacionales. En “Zama” se describe la espera y la angustia existencial de Don Diego de Zama, un funcionario de la corona española, en el siglo XVIII, que está anclado en Asunción del Paraguay y espera su traslado a Buenos Aires. La soledad en un territorio lejano, agreste, es sin dudas el tema de la novela.

Con este material Lucrecia teje su última película. En ella, la presencia de dramaturgos muy importantes de nuestro país, como Daniel Veronese o Rafael Spregelburd, devenidos actores, hacen que el proyecto sea en verdad muy interesante. El apoyo de la productora El Deseo, de Almodovar, también.

En Zama, Lucrecia Martel se supera a sí misma y nos ofrece el retrato de un hombre quieto, sin asombro, cuyo devenir pasa por su cuerpo sin grandes dramatismos. Lucrecia crea una película fenomenológica, contada desde la percepción de los entes, donde ellos adquieren el verdadero protagonismo. La atmósfera de hastío permanente por la espera de algo que nunca llega, hace que el film se inscriba en la historia del cine junto a aquellos que no transaron nunca. Ni con la gran industria, ni con los gustos de un público condicionado por un relato de estructuras obvias y de venta eficaz. Se agradece la posición del Lucrecia Martel ante su obra, pues consigue una poética que realza la forma narrativa que puede tener la incidencia de la luz, del sonido, de la respiración, del tiempo quieto en donde nada sucede y todo acontece.