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Jueves, 06 Diciembre 2018 04:18

Recordando a Charles Chaplin, su arte y su compromiso

Por Juan Carlos Carta

En “El gran dictador”, Chaplin, a través de Hinkel, lleva a cabo un alegato contra la crueldad y el sinsentido de ese otro, Hitler.

La máquina donde se agitan los fantasmas

El mundo de los objetos, según Andre Bazin, no está hecho para Chaplin. O, por lo menos, no desde su aspecto utilitario: nunca los objetos le sirven a Chaplin como les sirven al resto de las personas. Cada vez que él quiere utilizarlos estos le oponen una férrea resistencia. Por otro lado, cuando él les da un uso multiforme, los objetos terminan por hacerse sus cómplices: una camisa se transforma en un mantel, el farol en una calle le sirve para asfixiar a un matón, unos panecillos para una fabulosa danza, etc.

Bazin, quien aportará las bases para una teoría del cine de autor, ve en Chaplin a un hombrecito inmerso en un mundo fenoménico enloquecido, donde los objetos se zafan de su función para hacer de él a un genio que reta todas las leyes de la física y de la realidad.

Pero hay algo más…

Andre Bazin, cuya muerte temprana nos privó de unos de los más poderosos críticos y teóricos del cine, teje, desarrolla, una hipótesis en relación al bigote de Chaplin: promueve la idea de que ese bigote sirvió de inspiración para otro bigote: el de Adolf Hitler. En la sección XIII Remedo y postizo o la nada por un bigote, de la primer parte "Ontología y lenguaje” de su libro “¿Qué es el cine”, Bazin despliega una idea tenebrosa: La idea de que el joven pintor de brocha gorda fue inspirado por el bigote del gran Chaplin para la posterior confección de su figura. Claro que tamaño imitador podría alegar que era una moda de la época o a influencias sociológicas inconscientes. Lo cierto es que el bigote de Chaplin y el de Hitler construyen el perfecto opuesto uno del otro. Más, la idea de Marx, de que la historia primero se da como tragedia y después como farsa, expuesta en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, en este caso se cumple pero a la inversa: un bigote que comienza como la característica fundante de un personaje cómico que subyugará a la humanidad, termina como el bigote de un loco asesino que tratará de exterminar a dicha humanidad. Esta horrorosa dialéctica, hace  que Hitler, según Bazin, lleve a cabo una gran estafa existencial. Que Chaplin no olvidará. El rulo se enrulará años después: “El gran dictador” es la puesta en venganza del gran actor. Dice Bazin: “Primer asalto: Hitler le quita a Charlot su bigote. Segundo round: Charlot recobra su bigote, pero este bigote no es ya solamente un bigote a lo Charlot, ha llegado a ser con el tiempo un bigote a lo Hitler. Volvíendolo a tomar Charlot obtiene una hipoteca sobre la misma existencia de Hitler".

En “El gran dictador”, Chaplin, a través de Hinkel, lleva a cabo un alegato contra la crueldad y el sinsentido de ese otro, Hitler. Uno hace del mundo fenoménico la razón de su problemática, su no adecuación al mundo de dichos objetos; otro, tiene la idea de que dicho mundo, incluido los seres que habitan el él, le pertenecen.

Hoy, cuando vemos a Chaplin, nos encontramos con que el circo, el pasado fantasmático de esos rostros y la no duración en el tiempo real (gracias a la tosquedad de las máquinas primeras que registraban dicha acción en inusitada rapidez) hacen de Chaplin el fantasma, el clown, el mago con el que  todos seguimos asombrándonos.

Hoy cuando vemos a Hitler, sus fastuosas ceremonias, sus enloquecidos discursos y sobre todo, los campos de exterminios masivos que ideó y puso en práctica, nos da escalofrío al pensar que “eso” lo llevó a cabo un ser humano y que lo acompañó la mayoría de un pueblo.

La máquina donde se agitan los fantasmas de la historia sigue, imperturbable, mostrándonos el horror y la belleza.