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Domingo, 11 Marzo 2018 15:55

El abominable problema de la indiferencia

Por Ernesto Simón
El abominable problema de la indiferencia Ilustración: Quino

En este país hay más indiferentes que ciudadanos. Ése es uno de nuestros problemas. El indiferente entorpece todo, incluso, con su desaprensión, obstaculiza el desarrollo de la democracia.

El sujeto indiferente obtura el despliegue de la libertad y el avance de la civilización. Es una calamidad espantosa.

Es triste advertir que aquellos que se comprometen social y cívicamente son un porcentaje ínfimo. El resto se integra a esa legión de despreocupados que dejan que todo suceda sin inmutarse. Bástenos ver cómo les roban en la cara, les desmantelan el Estado, nada funciona bien en la administración pública y el enriquecimiento de la Casta Política, Judicial, Legislativa, Gremial y Empresaria es un bochorno que los argentinos soportan con lamentable resignación.

El indiferente es despreciable, patético y cómplice de los peores episodios de la vida política criolla, porque, en su "dejar pasar" las cosas, asesina sin piedad al que con su pensamiento y acción asumió una actitud ciudadana que lo lleva a la exposición y al riesgo.

Hace algunos años leí un libro de Antonio Gramsci que, con impertinencia innecesaria, me permito recomendar. Se trata de "La citta futura", publicado en 1917. En ese trabajo, Gramsci expresa su odio por los indiferentes. Dice así: “La indiferencia es el peso muerto de la Historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad: aquello con lo que no se puede contar. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, ¿habría pasado lo mismo? Odio a los indiferentes porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos, cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pide diariamente, qué han hecho y, especialmente, qué no han hecho”. La cita es impecable. El autor italiano, perseguido y encarcelado por el régimen fascista de Benito Mussolini, deja al desnudo a una sociedad hipócrita e insalvable.

Somos una legión de indiferentes, una caterva de resignados, una multitud confundida que boya extraviada en un mar decadente y putrefacto.

Así nos va.