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Sábado, 15 Septiembre 2018 21:00

Pensar las cosas todos los días para no ser un Tartufo

Por Ernesto Simón

Por estos días ha rondado en mi cabeza la vana idea del intelectual y su importancia en esta sociedad corroída por un paradigma de Neodecadentismo Irreversible.

Las siguientes líneas podrán tomarse como una declaración de principios personal, aunque, lo anticipo, no es original para nada. Ya otros escribieron sobre este tema, y, fatalidad para mí, lo hicieron mucho mejor. Apoyaré mi razonamiento en pensadores que admiro con profunda intensidad y silenciosa devoción.

Vivimos inmersos en una civilización chata, pobre y reduccionista en la cual se ha suturado, casi por completo, la posibilidad del debate. Es una constante: aspiramos al confort. Intuyo que hoy, más que nunca, el paradigma del intelectual que la sociedad moderna necesita es aquel que escribe filosofando. Bástenos citar a pensadores de la talla de Diderot, D'Alembert, Holbach, Helvétius y Francois Arouet (Voltaire). Estos philosophes anticiparon la figura del intelectual y lo definieron como alguien sin lealtad a nada, excepto a su propia razón. Crítico frente a la autoridad, sobre todo frente a los poderosos. Es condición imprescindible que el librepensador sea genuinamente burlón, satírico, polemista y desenmascarador.

Debo hacer acá una aclaración rayana en lo obsoleto: no es al erudito ni al académico al que refiero en este pobre y rudimentario texto. Hablo de aquel ciudadano desdibujado, cuya preocupación es el presente. Aquel que vive interesado en las absurdas acciones de los gobiernos y se esmera en dejar al descubierto los bochornosos defectos de la sociedad en que vive.

Con los años he llegado a elaborar algunas elementales conclusiones: 
- La razón es La Ley Suprema que debería imperar en toda organización social.
- Es imprescindible declarar la guerra a los mitos, las tradiciones, los dogmas y las supersticiones.
- Es indubitable, al menos para mí, señalar a la Iglesia como la representante del oscurantismo y entiendo que el cristianismo es particularmente absurdo.

Si se me permite una digresión en este punto, aportaré que el Neodecadentismo Irreversible ha funcionado como un rebalsador de los diques de contención que la Sociedad Líquida construyó tiempo atrás con exagerado esmero. Cuando el agua putrefacta de la civilización moderna se derramó, infectándolo todo, quedó en evidencia la Sociedad Pétrea que siempre ha estado latente, esperando resurgir con paciencia oriental y prepotencia imperial.

Ya no somos humanos, somos desecho inservible sin destino, acaso el sarro pegado en el fondo del estanque. La Sociedad Líquida evidenciada por Bauman ha escampado fatídica e inexplicablemente. El fracaso no tardó en apoderarse de todas las cosas. El viejo filósofo polaco no fue capaz de advertir que bajo el agua subyacía, desde siempre, la Sociedad Pétrea.

Ahora retomo, fin del desvío: No quiero olvidar en esta apocada y breve reflexión al inasible Jean-Baptiste Moliere (1622-1673), cuyo verdadero nombre era Jean-Baptiste Poquelin. Moliere es el creador de la comedia francesa. Su talento para el teatro le permitió tanto escribir, dirigir y a veces hasta interpretar papeles memorables. Moliere, con su obra Tartufo, ha dado nombre al hipócrita. Se trata de un empalagoso farsante que, gracias a su desenfrenada lisonja, se gana la confianza del ingenuo Orgon, un burgués parisiense que goza de una buena situación económica y social. Tartufo se entromete en su vida privada, lo aleja de su familia y se hace con su fortuna hasta que se delata a sí mismo acosando a la mujer de Orgon.

Tartufo tipifica y da nombre a todos los virtuosos de la hipocresía que hoy abundan en nuestro país y en el mundo.

Así nos va.