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"Ausencia, según Maité", de Juan Carlos Carta

Maité y Juan se vieron, por última vez, una tarde fría de invierno del 77. Ella se iba por tener la certeza que todo estaba perdido. Él se quedaba por orgullo. Por sentir que algo, aún, podía cambiar.

Revolución era una palabra que siempre le acompañaba por esos días. Ella temía y preanunciaba el horror de ese sacrificio. No lo soportaba. Por eso se iba. Cuando se despidieron en esa terminal fría, salieron de ella unas palabras empobrecidas. Una justificación. Un perdón. Un gesto inconcluso. Él simplemente la miró en silencio.
Tal es así, que Maité y Juan se separaron en aquel invierno. Luego vendría el reproche de aquello que no tuvo lugar y que tardíamente encontró las palabras adecuadas, ya agotadas, en esa calle vacía de aquel domingo lluvioso o en ese ómnibus de vidrios empañados y paisaje difuso.

Muchos años más tarde, en una de sus giras por el país, Maité lo buscó casi con temor al llegar al pueblo. Lo buscó en las calles en que se dejaron, en domicilios ahora inexistentes; preguntó y nadie sabía nada sobre Juan. O si… Aún quedaba el miedo de hablar en la gente. Entonces lo buscó en la memoria, en fotos viejas, en palabras sueltas, en el llanto tardío.

Una noche, en una ciudad donde representaba una versión de Orfeo, Maité sintió la presencia de Juan mientras actuaba. Y, extrañamente, las palabras de su texto vibraron de otra forma, con otra cualidad. La invadió, también, una alegría inusitada. Luego, en la cama del hotel y junto a otro hombre que dormía, Maité no dejó de pensar. Tenía la sensación de que Juan había estado con ella y que esa sensación ya no la abandonaría. Y no se equivocó. En las noches siguientes, siguiendo los derroteros de Eurídice, sucedió algo extraño en ella. Tenía la sensación, mientras actuaba, que los poros de su piel se dilataban, que sus ojos podían percibir todo lo que acontecía en la sala, que el torrente de su sangre fluía llena de una fuerza vital. Sentía que podía cargar con sí misma, y también, con todas sus ausencias. Por una paradoja del destino, era Eurídice la que buscaba en su vida. Pero sin encontrar nada, ni siquiera la imagen de aquel Orfeo…

Y entonces ella, sentía que Juan renacía fugazmente en algún sitio, en alguna mirada, en el aliento, durante esas noches de gira por el país del que alguna vez se fue.

"“Somos un cuerpo que envejece, la memoria de lo que vivimos, la ausencia de los que ya no están. Todo eso está en nosotros y nos acompañará hasta el último día. La ausencia es presencia. No hay olvido allí. Sólo lo perdurable de aquel amor que fue. De esa tristeza por lo que no pudo ser. El instante en que decidiste unirte a la idea de cambiar al mundo, en un lugar infecto de asesinos. El instante en que me besaste por primera vez. El instante de la partida".

Así pensaba Maité mientras la ruta hacia otro pueblo se expandía interminable.

Autor: Juan Carlos Carta.
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