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Domingo, 10 Febrero 2019 08:06

Juan Carlos Carta cuenta cómo fueron los últimos días de León Trotsky

Por Juan Carlos Carta

Ante un engendro que por estos días se deja ver por Netflix, “Trotsky” de la tv rusa, vayan estás palabras para pensar desde otro lugar.

Para volver sobre los últimos días de un ícono del movimiento que, en 1917, terminó por gestar unas de las más grandes revoluciones del siglo XX. Trotsky, en México, tenía sus días contados. Su muerte era inminente y sabía, como realmente sucedió, que sería feroz.

El camarada Stalin, había hecho de su asesinato un imperativo de estado. El estallido, la posible ráfaga que perforaría su cuerpo y las cosas a su alrededor, eran motivo de sus pesadillas recurrentes. Todos los días, al levantarse, en un país extraño, con gente demasiado calma y de mirada inquisitiva, él entendía que vivía en un estado de peligro permanente. Igual no dejaba de escribir. “Mi vida”, una “Historia de la revolución rusa”, son ejemplos certeros de su labor intelectual en el exilio.

En México, vive en la “Casa Azul”, cedida por Frida Kahlo hasta su desavenencia política, o quizás por celos, con Rivera. Luego se trasladará a la “Calle de Viena”, su última morada, siempre en Coyoacán. Sufre en esa vivienda un primer atentado: cerca de cuatrocientos disparos no logran dar con su objetivo, según el mito que rápidamente se crea en la época.

La muerte de Trotsky vendrá de la mano de una madre y su hijo. Caridad y Ramón Mercader, instrumentos de la voluntad de Stalin, serán los encargados de asesinar a León. Cuentan que Mercader, al comienzo, se gana la confianza de toda la guardia del condenado, para después, y con el pretexto de saber la opinión del gran revolucionario sobre unos escritos suyos y a solas con él, asesinarlo. Le clava brutalmente una piqueta en la cabeza. Un grito desgarrador invade todos los rincones de la casona. Un día después, Trotsky muere.

Muchas de las ideas de León se diseminan antes y después de aquella muerte.

En la revolución permanente, palabras tomadas de Marx y Engels, pero luego apropiadas para sí, Trotsky piensa al proletariado como el verdadero motor para el paso al socialismo, vinculando a este, con una revolución internacional y constante.

No fue el fuego de la balacera, ni la horca, ni los gulags, los que exterminaron a este pensador y verdadero revolucionario. Fue una piqueta que, de un golpe seco, partió su cabeza.

Otra vez, la vana esperanza de que las ideas se silencien con la muerte.