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Jueves, 11 Julio 2019 11:46

La nueva película de Chucky no es ni la sombra de la original

Por El País Diario

Los juguetes siguen invadiendo la pantalla grande, y aunque Chucky sea más bien del palo de Annabelle que de Woody, también tiene su oportunidad de regreso.

Allá por 1988, el mundo conoció una nueva pesadilla terrorífica en forma de Chucky: El Muñeco Diabólico. La creación de Don Mancini y Tom Holland (no, ese no había nacido todavía, nos referimos al director) se centraba en Charles Lee Ray, un asesino serial  que, herido y escapando de la policía, decide transferir su alma oscura a un simpático muñeco ‘Good Guy’ con la ayuda de un poquito de magia vudú. Eventualmente, el juguete cae en manos del pequeño Andy, quien convierte a Chucky en su mejor compañero de juegos.

Claro que en el medio hay desmadres, asesinatos y mucha sangre, una historia bastante perturbadora para la ingenuidad ochentera.   

La película tuvo seis secuelas, la última en 2017 con El Culto de Chucky, pero en algún punto el terror le dio paso al absurdo, desvirtuando aquel relato de muñecos poseídos y pequeñines en peligro mortal. Las reglas del juego hollywoodense pedían a gritos este reinicio, que poco y nada tienen que ver con aquella idea original de Mancini, quien no pudo luchar demasiado contra los agujeros legales del contrato para salvar a su criatura de esta nueva ¿saga? en paralelo.

El Muñeco Diabólico (Child's Play, 2019) no conserva mucho de la historia original, pero igual nos presenta a un juguete bastante mala onda y violento, más parecido a la parodia de Los Simpson y La Casita del Horror III, esa donde al muñeco de Krusty lo pusieron en modo “malvado”. Sí, vamos a morir de sobreexposición a la cultura pop, sin dudas.

Acá no hay magia negra ni asesinos en serie a los cuales culpar, en cambio, todo el desmadre que vendrá se lo debemos a un empleado insatisfecho de las Industrias Kaslan, el cual es despedido de la línea de ensamblaje de los ‘Buddi’ en una fábrica de Vietnam. Antes de dejar su puesto, el muchacho no tiene mejor idea que manipular los comandos de uno de estos mini robotitos que pueden conectarse en red con todos los aparatos de la casa, desactivando sus funciones de seguridad, hasta esa que le prohíbe decir palabrotas.  

Bastante lejos de ahí, en Chicago, Karen Barclay y su hijo Andy acaban de mudarse a la ciudad. Ella pasa sus días como empleada en un supermercado, mientras que al nene le cuesta adaptarse y hacer nuevos amigos, en parte, por un problema de audición. Para compensar el tiempo que no están juntos, y a pesar de que a los 13 años los chicos ya no juegan con muñecos, mamá se adelanta a la fecha de cumpleaños de su retoño y cae con este Buddi defectuoso. La conexión con Chucky, nombre que elige el propio juguete electrónico, es inmediata, convirtiéndose en su mejor compinche.

Al principio, las cosas marchan bastante bien en el hogar de los Barclay, a pesar de que Andy no soporta a Shane, el novio de mamá. Incluso logra hacer buenas migas con varios chicos del edificio, atraídos por las ocurrentes actitudes del muñeco que, como buena inteligencia artificial, va aprendiendo lo bueno y lo malo. El apego es cada vez más grande, y es ahí cuando Chucky pasa de simpático a violento sin escalas.

Como verán, El Muñeco Diabólico tiene más semejanzas con un mal capítulo de Black Mirror que con la saga del juguete poseído. Acá, el absurdo toma las riendas de una historia que poco tiene de terror y mucho de sátira consciente, y donde el guión de Tyler Burton Smith cambia la perversidad de aquella película ochentosa, por un argumento blandito y predecible, que hace mucho más foco en los peligros de confiar ciegamente en la tecnología del siglo XXI. Lars Klevberg es el director encargado de llevar a Chucky a buen puerto y, con suerte, darle inicio a una nueva franquicia donde manden estos fallidos muñecos inteligentes. Lamentablemente, sus intenciones se quedan a mitad de camino, y ni siquiera la jokeresca voz de Hamill logra transformar la película en una experiencia atractiva y entretenida.

Apegado a las normas del momento, Klevberg inunda su relato con referencias pop de todo tipo, y hasta suma algunos guiños a clásicos del género como El Loco de la Motosierra. Se aplaude su economía de recursos, el presupuesto de la película no excede los diez millones de dólares, y ciertos climas que logra por momentos, una atmósfera que, desafortunadamente, va tropezando con el correr de los minutos y termina cayendo en la burla y el desborde visual y narrativo. 

Bien ahí por los pequeños protagonistas y por Plaza, que siempre suma en cada uno de sus papeles. Una lástima que desaprovechen a un actor como Brian Tyree Henry, poniéndose en la piel del detective Mike Norris, un personaje que sostiene una extraña relación con su madre.

Mientras que la remake de Halloween (2018) supo aprovechar el legado y resignificar muchos de sus temas coyunturalmente, El Muñeco Diabólico pretende reírse de sí misma y de la franquicia, con resultados muy pobres, torpes y desafortunados que nos hacen extrañar al colorado con la voz de Brad Dourif, y sólo nos permite horrorizarnos ante el robotito más grotesco de la cinematografía.