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Jueves, 08 Agosto 2019 15:37

Una foto con los cuatro fabulosos de Liverpool

Por Ernesto Simón

¿Vieron esa foto de los Beatles cruzando la calle? ¿La que luego se usó para la portada de del disco Abbey Road? Bueno, cuando tomaron esa foto, yo estaba ahí.

El colombiano soltó la carcajada y el cubano se rió con malicia. El boliviano apenas esbozó una sonrisa y alcanzó a decir lo que casi siempre le decía: Eres genial.
Espera, chico, saltó el colombiano. ¿No querrás hacernos creer que tú ibas justo caminando por ahí el día que se tomaron la foto los Beatles? El cordobés se puso serio y los miró uno por uno. Sí, eso mismo estoy diciendo. Yo estuve ahí. Andaba de paseo por Londres y justo se dio. En la casa de mi hermano, en Córdoba, dejé la foto con los Beatles. Para qué iba a traerla acá, si me vine con lo puesto.

En la pensión casi ninguno llamaba al otro por su nombre. Se decían así: el boliviano, el cubano, el colombiano, el argentino. Se habían hecho más o menos amigos. Todos habían llegado hasta Buenos Aires en busca de mejor suerte. Por las noches compraban unas cervezas, a veces vino, algo para comer y listo, se armaba buena tertulia en el comedor. El cubano era el que menos hablaba. Prudente el muchacho. Resignado, astuto, traía el instinto de supervivencia pegado en la piel. El colombiano, en cambio, era petulante, prepotente, sobrador. El más amistoso era el boliviano. Rellenito, de sonrisa fácil, el liliputiense siempre tenía un gesto amable para los demás.

Este argentino cree que somos todos estúpidos. No, espérate, chico; yo puedo creerte algunas cosas que cuentas tú acá pero esto ya es demasiado. El colombiano era el que menos le creía. Cada vez que el cordobés se largaba con alguna historia, él le salía al cruce, se indignaba. Una vez les contó que había sido amigo del Che durante la adolescencia. Otra vez contó que había visto pasar a Marilyn Monroe por una vereda de New York mientras esperaba un taxi. Le grité: ¡Marilyn!, y ella me saludó, solía recordar. Y los demás se reían y le seguían el tren. Eres genial, decía siempre el boliviano, que era quien más afecto le había tomado.

¿Quieren que les cuente sobre aquella mañana con los Beatles o no? Pues, claro, dijo el boliviano, y los demás asintieron mientras lastraban como si acabaran de llegar de la guerra de Kosovo. El cordobés se acomodó en su silla, se sirvió un poco de cerveza y empezó: Saben, antes de venir a Buenos Aires a trabajar, yo anduve viajando por el mundo. Tengo fotos de cada lugar al que fui. Esa mañana, cuando me crucé con los Beatles, también me hice tomar una foto. Cuando vaya a visitar a mi hermano la voy a traer. Es promesa muchachos. Ustedes saben que no me gusta mentir. Entonces otra vez el colombiano soltó la carcajada. El cubano dejó el vaso sobre la mesa y largó su risa socarrona. Parecían dos orates riéndose a coro. Estaban tentados. El boliviano apenas sonreía y esperaba con paciencia que los dos marmotas se callaran para que el argentino siguiera. Era el que más disfrutaba las historias.

El cordobés le puso un trago profundo al vaso de cerveza, lo miró a trasluz y volvió a arremeter. Tomaba con sed, como buscando combustible para su imaginación. Y vaya si lo encontraba. El tipo llenaba el tanque cada vez que se sentaba a beber. 
Yo había salido a caminar un poco por el barrio de St. Johns Wood, empezó a contarles. No sé si ustedes conocen Londres. No dio tiempo a que le respondan. Ese barrio está al norte de la ciudad. Esto me sucedió un 8 de agosto de 1969. Todavía lo recuerdo. Nunca voy a olvidarme de aquel día. Los cuatro fabulosos de Liverpool estaban tomándose fotos ahí. Los vi desde mitad de cuadra y me acerqué. Entonces sí, no lo podía creer: John Lennon, Ringo Starr, Paul McCartney y George Harrison iban caminando por la calle Abbey Road. Tiempo después leí en una revista que aquella mañana se dirigían rumbo a los estudios de EMI, que están sobre la misma calle. Por esos días grababan el álbum: Let it be, que finalmente salió en el año 1970, cuando ya no estaban juntos. Yo lo compré y aún lo tengo. Sin embargo la imagen se usó para el disco Abbey Road y no para Let it be. Cuentan que la idea de usar esa foto fue de McCartney. Los cuatro cruzando la calle por la línea peatonal sería una buena portada, pensó Paul. Y así fue.

Yo entendía muy poco inglés pero algo pesqué. El fotógrafo les dijo: Boys, ubíquense uno detrás del otro. You primero, John, los demás detrás. Aquella mañana Lennon no se quitaba las manos de los bolsillos. Dicen que tenía esa manía. Aún recuerdo las bonitas casas del barrio St. Johns Wood. La arboleda frondosa y verde, las veredas anchas. Sin mayores pretensiones, yo sólo había salido a caminar y de golpe me encontraba metido en medio de una sesión de fotos de los Beatles. ¿Loco no? Pero otra vez no les dio tiempo a responder. El cubano se estaba durmiendo sentado. El boliviano estaba prendido al relato. Lo miraba como quien mira una película. El colombiano se servía cerveza y cada tanto tomaba unos tragos profundos, largos, desmesurados.

El cordobés recargó su imaginación, volvió a servirse cerveza en el vaso y siguió: Hicieron varias fotos. En un momento le pedí al fotógrafo si podía tomarme una con ellos. Le pasé mi cámara, entonces no le quedó otra: dijo que sí. Leyendo la revista que les contaba recién, supe que la decisión final de usar la curiosa imagen como portada del disco Abbey Road fue de John Kosh, el director creativo de los estudios de EMI. El boliviano se levantó, fue hasta la heladera y trajo otra cerveza. El argentino no se detenía. Apenas lo miró y siguió contando: Supe también que el Escarabajo blanco que sale en la foto pertenecía a un vecino, y que varias veces le robaron la patente. Todos conocían esa patente, se había hecho famosa por el disco. El auto también pasó a la fama. El dueño reponía la patente y al tiempo se la volvían a sacar. Suerte que no fue acá en Argentina. En Buenos Aires los maleantes le hubiesen desmantelado el auto. El coche se vendió en 1986, en una subasta. Salió por 23.000 dólares.

Un largo silencio se impuso en la cocina de la pensión hasta que el colombiano lanzó una pregunta: ¿Y tú quieres que nosotros te creamos esta historia? El cubano se reanimó y volvió a la carga con la risita burlesca. Hagan lo que quieran, les dijo el cordobés. A mí no me quita el sueño lo que ustedes crean o dejen de creer. Disfruto contándoles mis anécdotas. Me gusta compartir mis recuerdos con amigos. Es eso, nada más. Eres genial, repitió el boliviano. El cubano volvió a reírse, ahora un poco más animado, como si el sueño hubiese escampado sobre el final del relato.

Muchachos, vamos a dormir, mañana hay que trabajar, propuso el argentino ya agotado por la hora, por la cerveza, por la concentración que ponía cuando contaba cada una de sus historias. Mañana será otro día, dijo el colombiano. Cuando levantaban los vasos para dejarlos sobre la mesada de la cocina, el cordobés aclaró la voz y dijo: Lo último que quiero contarles es esto: Una vez yo andaba de paseo por Wolfsburg. Es una ciudad de Alemania. Voy caminando cuando de repente me encuentro con el Museo de Volkswagen. Quiero entrar, dije, y me mandé. Adivinen qué: ahí estaba el auto. El escarabajo de la foto, digo. Todavía está exhibido como la gran reliquia que alguna vez fabricó Volkswagen y que llegó a estar en la portada de un disco de los Beatles. ¿Pueden creerlo? Nadie le respondió.

El cubano hizo apenas una mueca y se fue a su habitación. El colombiano enfiló hacia su cuarto entre insultos indescifrables y risas burlonas. El cordobés iba rumbo a su dormitorio cuando el boliviano, de atrás, le tocó el hombro y le dijo: Yo sí te creo, viejo. Para mí tú eres genial. Hubo un segundo en que ninguno de los dos habló. Dos, tres, nada de nada. Cuatro, cinco segundos, se miraron fijamente. Seis, siete, apenas una mueca, y se fueron a dormir.

Ernesto Simón
(del libro Argentinos por nada - Editorial Wu Wei - 2015).