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Miércoles, 11 Septiembre 2019 12:34

El heredero de la pluma de Sarmiento

Por Ernesto Simón

Me persigue la sombra de su gigante figura. Su fantasma aparece por las noches y me dice que soy yo. ¿Soy yo qué?, le pregunto.

Y el viejo loco e inmortal me responde lo último que hubiese querido escuchar en mi vida: Sos el heredero de mi pluma. Me dice eso y después se aleja, el loco revirado de Sarmiento, aturdiéndome con su carcajada socarrona y feroz, casi maldita. Entonces sí, lo veo perderse por el umbral de la puerta de mi cuarto sin apuro, como si ya estuviese de vuelta de todo el muy taimado.

Sarmiento tiene la fortuna de ser un fantasma reconocido en el mundo. Y que un fantasma sea valorado después de muerto es una gran suerte por estos días. No como nosotros que somos fantasmas en vida, especie de zombies adocenados que caminamos disputándonos apenas un miserable papel de reparto en esta gran farsa que conocemos con el nombre de "vida".

El viejo masón gran maestre grado 33 se me aparece todas las noches. Créanme que no es agradable para mí tener que contar esto que cuento. Diría que es traumático y aberrante, inhumano para cualquier mortal que aspira a transitar sus días en paz. Con Sarmiento sentado sobre mi cama casi todas las noches no me es posible tan rudimentario propósito. Sé que a muchos de ustedes no les gusta que explique por qué soy el heredero de la pluma de Sarmiento. Ésa es tal vez la única razón por la que contaré esto una y mil veces. El hábito de molestar es algo reservado a los fantasmas. Nos encanta molestar, somos los dueños auténticos de tan maltratado atributo. El loco hijo de puta de Sarmiento lo sabe. Yo también.

Quienes leyeron hasta este punto, quizá estén pensando que esto que cuento es petulante y ramplón. Pero no, no es así, si se me permite cierta licencia narrativa, continuaré con mi enrevesado emprendimiento literario.

¿Sabías que un 23 de agosto intentaron asesinarme?, me pregunta el sádico de Sarmiento una noche sentado a la orilla de mi cama. Me incorporo exaltado para escucharlo: No, no tenía idea, ¿cómo fue? Sarmiento se acomoda el chaleco y se predispone a contarme. Fue un 23 de agosto de 1873, recuerda. Me dirigía hacia la casa de los Vélez Sarsfield y tras de mí se desató una balacera. Resulté ileso, no entiendo aún cómo tuve tanta suerte. Supe con el tiempo que detrás de tan canalla intento estuvo el caudillo entrerriano Ricardo López Jordán, un malhechor apátrida que merece el olvido de todos sus compatriotas.

El loco se abstrae cuando recuerda estos pasajes tan fuertes de su vida. Me fija los ojos a la espera de que diga algo. Pero yo sólo escucho. Trato de memorizar. Cuando Sarmiento se vaya voy a correr a buscar mi libreta de anotaciones para escribir, con la dedicación empecinada del amanuense, cada episodio que me cuente. ¿No pensás tomar nota?, me pregunta molesto. Le digo que no, que prefiero guardar todo en mi memoria y que cuando el se vaya voy a tomar apunte en mi libreta. Espero que así sea, me dice amenazante, por algo sos el heredero de mi pluma. ¿No será mucho, maestro?, le pregunto. No me llame maestro, mejor dígame Sarmiento, que, da la casualidad, es mi apellido. Me río por su fina ironía y él también se ríe. ¿Quiere un café?, le pregunto al fantasma vivo de Sarmiento, yo voy a prepararme uno. ¿Café?, hágase para usted, a mi tráigame algún licor, el que tenga. Le digo que bueno y me levanto de la cama.

Sarmiento me cuenta que al dejar la presidencia, en 1874, todavía alquilaba una casa ubicada en el barrio de Monserrat, donde pagaba 200 pesos por mes. Un año después adquirió una hermosa propiedad en la calle Cuyo N.º 53, hoy llamada calle Sarmiento. La casa está a la altura del 1251. Me cuenta que le costó 28.000 pesos y confiesa que él se gastaba todo su sueldo como presidente, pero que su administrador e íntimo amigo, Manuel Ocampo, compró aquella propiedad con el dinero que le había hecho ahorrar separándole un porcentaje de su emolumento sin decirle nada.

Más tarde, hurgando en los registros históricos, supe que Manuel Ocampo había llevado adelante toda la operación a espaldas de Sarmiento. Incluso, cuentan que el vendedor de la propiedad, al conocer que era para Domingo Faustino Sarmiento, había aceptado un descuento de 8.000 pesos. Cuando Ocampo le comentó sobre aquel descuento a Sarmiento, el loco le respondió que no aceptaba "dádivas", y pagó el monto completo, incorporando los 8.000 pesos que le habían rebajado.

Entre 1875 y mayo de 1888 Sarmiento vivió en esa casa, en compañía de una de sus hermanas, su hija Ana Faustina y sus cinco nietos. Pero no se retiró de la política ni de la escena pública. Luego de su presidencia fue elegido senador por la provincia de San Juan. Tras asumir como senador, su popularidad fue creciendo a la par de su fama de hombre polémico y viejo cabrón, al punto de que en la puerta del Congreso lo esperaban jóvenes estudiantes para tratarlo de "loco".

El Maestro de América, como lo llaman ahora, llegó a tener muchos cargos del Estado durante más de treinta años. Éso le valió que José Hernández se refiriera a él en su diario como "caro hijo de la República". No se daban tregua. Estos tipos eran brutales.

Una noche le pregunté a Sarmiento por qué eran tan intransigentes los políticos de su época. Sobre todo cuando debatían o cuando intercambiaban epístolas. Me dijo que no estaba de acuerdo conmigo, que los de ahora son de más baja estofa y mucho más crueles, y que encima, son todos traidores. Sarmiento se puso serio, hizo una breve pausa y se me acercó como para decirme algo importante: Mirá, muchacho, me dijo, los políticos de ahora se viven trampeando entre ellos. Son detestables y ladrones. ¿No te diste cuenta todavía? Le dije que sí, pero que me interesaba su respuesta. El loco me respondió que ellos negociaban lo negociable. Y éramos estrictos con nuestra ética, me remarcó casi como profesando un reto aleccionador. Sentí que el viejo, al decírmelo, se lo estaba diciendo a toda una generación de argentinos y argentinas que devastamos este país con la desconsideración aborrecible de un pueblo inconsistente e inviable. Y la verdad, ahora que lo pienso a la distancia, el loco tiene razón, somos una legión de macaneadores hijos de puta, por eso nos va como nos va.

Hace un par de noches se me volvió a aparecer y me prometió que me dejaría unos días tranquilo. Él sabe que estoy fregado y que su jodida compañía me ha trastocado la vida. La condición que me puso fue que escribiera todo lo que hemos conversado durante tantas horas juntos. Le dije que sí, que voy a escribir todo. Le doy mi palabra, Sarmiento, le dije. Esbozó apenas una sonrisa diplomática y me contestó que la palabra se honra dejándola escrita con firma propia: No te olvidés que vos sos el heredero de la pluma de Sarmiento, el loco más loco de todos los tiempos, me recordó, y después se fue.

E. Simón, 11 de septiembre de 2017.