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Jueves, 29 Noviembre 2018 01:47

Juan Carlos Carta recuerda al maestro Oscar Kümmel

Por Juan Carlos Carta

A través de facebook, veo fotos que subió en algún momento a su muro Katia Kümmel. Son fotos de Ullúm. De la casa que fue construyendo lentamente Oscar.

Hay mucha vegetación ahora. Grandes árboles se levantan a un costado de la entrada. Álamos bordean el camino desde el portón de madera hasta la casa, al fondo. Ella, Katia, ha sacado fotos bellas que dejan ver lo especial que es ese lugar. Aun los atardeceres son más bonitos allí…

Recuerdo cuando fui por primera vez a la casita de Ullúm. Yo tenía 17 años y fuimos con mi amiga Patricia a visitar a Oscar Kummel. Estábamos deslumbrados con nuestro maestro. En un momento, todo en nuestras vidas comenzó a circular en torno a la presencia de él. Nos llenábamos la cabeza con unos cuantos nombres: Peter Brook, Stanislavsky, Brecht, Barrault, Marceau, Decroux, Lecoq, Pina… 

A todos ellos nos había abierto la puerta Oscar. Entonces los días ya no fueron los mismos. Sentíamos la respiración de la tarde en todo su esplendor. Y las noches se llenaron de libros, de piel y de huesos en movimiento. Un simple fundido, lento, definía un trazo especial en un espacio cualquiera.

Después que Oscar nos invitara a su casa de Ullúm, vinieron momentos de salir a pescar en su bote. Noches en campamentos mineros abandonados. El río y su furia. Los inviernos y los veranos nos encontraron siempre igual: creando en su atelier, a partir del más mínimo de los movimientos. Yo nunca he amado al teatro como lo amé en esa época.

El país despertaba de una larga pesadilla, y entonces el teatro, que es la mayor fiesta que puede tener un pueblo en democracia, se diseminaba en todo los sitios. Plazas, bares, sótanos, galpones abandonados; cualquier lugar nos vino bien.

Yo sé que uno desarrolla siempre ese transitado ejercicio de la memoria que consiste en revisar el pasado y terminar pensando que todo lo que vibra en ese pasado fue mejor. Pero, ¿saben qué? Para mí fue mejor. Ese pasado. Porque fue mejor encontrarme en Córdoba, en los festivales latinoamericanos, con una inmensa fiesta desbordada de alegría. Porque fue mejor viajar a Buenos Aires y encontrar un Parakultural lleno de la energía de Batato, Omar, Olkar, Gerardo y tantos otros. Porque fueron mejores las tardes de visita a Emeterio y quedarme asombrado de su luminosa locura. Porque fue mejor ese gesto lento que comenzaba Oscar Kümmel en sus clases, y que se expandía, y que nos llegaba casi siempre al centro de nuestro corazón.