Miércoles, 20 Febrero 2019
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Nacionales

Estos son los cruces de octavos de final del Mundial de Brasil 2014

Por Lucas Carrasco 
A Andrés Calamaro 

¿No te gustan los Mundiales? Dejá de pensar que estás falladito, es normal. A la mitad de los que están super híper mega y recontra interesados en el Mundial, en el fondo, les importa un carajo. Lloran, se ríen, alientan, aprenden cantos (por el placer de escuchar, con absoluta independencia de lo que pasa en la cancha, escuchar sus propias voces: por eso cantan las hinchadas; para escucharse a sí mismos, para sentirse lo que en sus cotidianas y miserables vidas no son, para sentirse a través de la imposición acústica con su carga de odio sutil y amenaza latente, sentirse PODER) y tácticas, se vuelven devotos de un club, patriotas de pacotilla durante el Ramadán de los occidentales alienados, no porque les interese la rabona de Rojo, los tatuajes de Lavezzi, los peinados grasas de nuestros boy scauts con tendencia efímera al metrosexualismo, nada de eso, no, es por una sola y sencilla razón: para pertenecer.

Nueve de cada diez odontólogos recomiendan sospechar del mundialismo, de las conversaciones de publicidades del Mundial, de las figuritas, de las prostitutas del balón y de la existencia de una narrativa de lo popular que hoy, entre la gente que está al pedo como yo, es decir, los periodistas, los sociólogos, los escritores, los poetas, los ministros del gobierno, los obispos, los publicistas, los antropólogos, los teóricos revolucionarios, los que dan charlas de psicoanálisis, los que nunca van a las reuniones de olllas Essen pero crean el sentido respetable, culturoso, debatible en torno al fútbol, esos botineros del lenguaje no creen en lo que dicen sobre el Mundial. Para nada. No creen una sola palabra de lo que dicen. Se ultracagan de risa de sus babels de 4-4-3; 5-3-2, 8-1-1.

Nada de eso viene con el álgebra de la ciencia. Ninguno de esos enunciados pasaría por la Dirección de Ceremonial y Protocolo de un epistemólogo sin que el detector de metales chille y encienda las luciérnagas rojas de los patrulleros y señor-puede-abrir-su-maleta-.
Lo dicen porque es una contraseña. Ritos de una logia que ellos, nosotros, comprendemos. Demasiado y lamentablemente bien.

Lo dicen para pertenecer. Para formar parte de la vanguardia poética del negocio de arrear el gentío , mientras los musculitos de pantorrillas ajenas obtienen a cambio un ingreso a la Alta Cultura. Total, no son peligrosos. Cualquier negro de la villa puede sentarse en el Teatro Colón mientras sea futbolista, banana de TV, milico o plebiscito de la esperanza a traicionar.

Es un intercambio:  ellos se barnizan de populares y los populares dejan de serlo. Pasan a integrarse a la cultura con mayúsculas y adjetivos pomposos. A cambio de prostitutas, payasos de la farándula, relatores analfabetos y viejos zorros del empresariado. Su fotolog se llena de presidentes, homenajes y autos caros. Lograron lo suyo: dejar de ser, meramente, popular. Y los que dirigen el sentido del mundo obtienen lo que buscan. Hacer de su sentido algo popular. Viralizar sus odios y amores. Ni más ni menos.
 Momento de acercarse al pueblo. De hablar su lenguaje. Y el pueblo, como todos sabemos, difícilmente responda pues difícilmente exista. No hay un Juan Pueblo, sino diversidades que por auopistas complejísimas articulan identidades precarias y fugaces, con ciertas continuidades que por comodidad llamamos Identidad. Y le encontramos identidad a 11 metrosexuales que ordenan su mundo simbólico en una pelota esférica y previsible. Y hay identidades de marcas corporativas, de escuelas secundarias, de asociaciones contra el cáncer, compañías de teatro, asociaciones ilícitas, de lo que pidas. Todo debe ser teorizable, reagrupable, entendible socialmente. ¿Por qué? Porque cada vez estamos más solos. Más insoportablemente solos.


Si hubiera un Juan Pueblo el pueblo empezaría a parecerse más a Juan que Juan al pueblo.
Hacemos un pacto, la mayoría lo respeta: dejar un poco de mi singularidad por una identidad colectiva. Pero como ya no creemos, en la física nuclear de nuestras sociedades, en grandes identidades como la Nación, la Religión, la Clase, lo que hacemos es mentirnos que no estamos solos, que somos algo juntos, en mundiales, funerales de alguien que en vida odiamos o algunos valores que aún compartimos: la educación, la necesidad de tener estado y policía, la prohibición del incesto y el respeto a las normas básicas de convivencia (y hasta por ahí nomás). Cosas que en cualquier otro animal vienen incorporadas, acá las hacemos un acto de valentía, heroicidad, alta traición o raiting, cotizaciones, pases, trapos, spots, toda esa grasada que rodea a los mundiales, todo eso que casi nadie toma muy en serio. Porque casi nadie se tomo a sí  mismo muy en serio. Bienvenidos a la posmodernidad, fanáticos de la fugacidad.

El Mundial es el momento y lugar donde el gerente de banco y el asaltante se encuentran. Tienen mucho en común pero las marginalidades que encierran a ambos los distancias. Jamás se encontrarán más que en un delito y aún así ambos delincuentes representarán intereses distintos. El cura y la travesti, el astronauta con el carcelero, el jubilado con el locatario de Puerto Madero. Todos necesitamos sentir que pertenecemos a algo que estaba antes que nazcamos y que estará cuando muramos. Es una pulsión humana ancestral, lo que nos permitió sobrevivir como especie. Por eso nos gustan los Mundiales: porque es fácil entender el fútbol, porque es primitivo los sentimientos que luego serán decorados con estadísticas, pizarrones, poetas, himnos, botineras, trofeos, llantos, sponsors. Pero no deja de evocar las mismas emociones, vacíos y ansiedades que una guerra. Pasa que ahora somos civilizados. Educamos, represivamente pero menos represivamente que cualquier estadio histórico de la humanidad anterior a este, a insertar dentro de la cultura esos instintos animales que nos hicieron llegar hasta acá. Y que nos pertenecerán por siempre.

Nadie puede abstraerse del Mundial. No se puede estar tres meses sin tomar un ascensor, sin levantarse minas por Facebook, sin ir a la panadería y encontrar un televisor. No se puede y no es psíquicamente aconsejable. Sin embargo, hay una manera de apartarse del Mundial. Una manera divertida, experimental y antropológica: en vez de aislarse, juntarse a cuanto grupo esté conectado a este Mundial inolvidable que el mes que viene olvidarán. Funciona así: uno tiene que acercarse a los bares repletos y gritar que hay que sacar a Messi y poner a Cruz, ir a la panadería a debatir contra quienes no consideren a Bochini mejor que Pelé, esgrimir la Teoría Conspirativa más delirante en los asados, explicarle a las minitas de la facultad que el orsai es cuando un jugador la toca con la mano en el área; preguntar siempre, durante los partidos, cómo se llamaba el 3 de Banfield en 1984.
Contarle al policía de la esquina que uno fue el que lo llevó a Ginóbili a probarse en Boca y sorprender al portero con un fixture de un Munidal que nunca haya sucedido.
Funciona. En dos o tres días nadie quiere hablar de fútbol con vos. No te invitan a ver los partidos y durante un mes no te atienden el teléfono, lo que equivale a decir que no te llaman ni te consideran raro.

Es tan simple participar del Ramadán occidental que solo será excluido aquel que sienta un verdadero y emotivo entusiasmo, hasta el punto que viva su propio Mundial. Hasta el punto de no necesitar saber si Messi ganó contra Irán, porque en realidad el mejor jugador fue Maxi Rodríguez.
¡Maxi Rodríguez!
-Sí, me cae bien.
-¿Y eso qué tiene que ver?
- Me gustan los Mundiales.
-Pero no entendés nada!!!
-Ah, el Mundial era un gran examen...

No hay nada peor para los mundialistas que disfrutar el Mundial. Porque el Mundial es eso que nos hace acordar de la infancia, el abuelo muerto, los niños que fuimos, los niños que quisimos ser, los niños grandes que somos y disimulamos. Por eso me gustan los mundiales. El fútbol es el único espacio que nos quedó en nuestra cultura para soñar que el débil vence al poderoso y que a veces, encima, a veces, pase que el débil venza al poderoso.

Por Pablo Zama 
www.otrascronicas.com 
Joaquín apenas sobrepasó los dos años y ya tararea la introducción del Himno Nacional Argentino –como lo hacen los hinchas en Belo Horizonte– frente al televisor de la casa de su abuela paterna. Mira con atención cuando en pantalla aparece el pibe que tiene el 10 en la espalda –igual que él– que trata de pronunciar las dos sílabas que arrastra el viento que viene desde adentro con las dos eses del medio: “Messi”. Joaquín no entiende mucho todavía sobre el juego, pero escucha a su papá y a su mamá nombrar a otro enano que la rompe. Ese jugador de 1,69 metros de estatura y 67 kilos, que se encorva mínimamente para buscar el aerodinamismo que lo lleve a superar rivales como si fueran postes olvidados en una finca sin nombre, cumple 27 años este martes 24 de junio en pleno Mundial Brasil 2014.

Lionel Andrés Messi Cuccittini es capaz de alcanzar una velocidad de 28,72 kilómetros por hora en sólo cinco metros: esa aceleración le trajo lesiones, por lo que tuvo que respaldarse en el gimnasio logrando obtener una mayor masa muscular, además de tomar variados complejos vitamínicos porque su explosión inicial era demasiado para su cuerpo diminuto. La Pulga se ha convertido en un símbolo para los más chicos, equivalente a Maradona en el ’86 para quienes eran niños y adolescentes en aquella época gloriosa. Joaquín ya empieza a tenerlo entre sus ídolos.

Las camisetas de la Selección visten los cuerpos de miles de niños y jóvenes con el apellido del jugador del Barça y su número de casaca, en Argentina y en todo el mundo. Empieza el partido ante Irán y la otra pulga se pinta de celeste y blanco la cara junto a sus primitas Luchi y Vale. Grita “Argentina, Argentina” entusiasmado y toca el televisor. Del otro lado está un joven que se sabe tasado en 220 millones de euros; con ingresos anuales, por la explotación de su imagen en publicidades, superiores a los 33 millones de dólares y que -según la revista Noticias- ya es “una empresa unipersonal” que factura más que las firmas con 1000 empleados.

Dos ídolos, dos épocas
Los buscan comparar y son incomparables porque son distintos y con reinado en diferentes épocas. Diego Maradona fue amo y señor en México 1986, época de posguerra de Malvinas que clavó un puñal asesino en el alma de los por entonces casi 31 millones de habitantes. Dolor quizás suturado y sublimado por un rato a través del fútbol y de ese joven con rulos que esquivó piernas inglesas como en un campo de concentración y marcó el gol más importante de la historia de los mundiales. Era una incipiente democracia que transitaba su primer gobierno electo en las urnas tras siete años de la peor y más sangrienta dictadura militar de la historia criolla.
Joaquín, en cambio, en la generación Messi se cría como parte de los más de 40 millones de habitantes, de los cuales 10 millones están bajo la línea de pobreza (según un estudio del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA; el Indec dejó este año de calcular los índices de pobreza). Un país que mantiene una inflación superior al 30 por ciento y que intenta salvarse del default peleando con fondos buitres, mientras mira con poco asombro cómo un vicepresidente es acusado de haberse quedado con la imprenta Ciccone para hacer negocios con el Estado y recuerda que dos días antes de la última Navidad fueron absueltos todos los acusados por la causa de las “coimas en el Senado” del año 2000.

La generación Messi crece sin saber que tendrá que pagar las deudas contraídas por el Estado desde la época de la dictadura, cuando había un Mundial en la Argentina cuya consagración local tapó bajo los miles de papelitos que caían de las tribunas las caras de 30.000 desaparecidos y las políticas económicas antipatrióticas de José Martínez de Hoz.

Pocos años después iba a ser la generación Maradona la que se pintaba la cara de celeste y blanco, recién empezando a descubrir lo que habían hecho los militares. Los intereses se fueron incrementando junto a los vencimientos impagos de la última década. El recurrente asunto de la sábana corta: endeudarse para pagar deudas precedentes, círculo interminable.

Amnesia local
El niño de dos años que balbucea el nombre del mejor jugador del fútbol en la actualidad, probablemente crezca dándose cuenta de que en la Argentina el talento no siempre tiene recompensas y las críticas de los ignotos llueven y circulan como reguero de pólvora por toda la extensión del país. Messi es indiscutible afuera de la Argentina, pero puesto en duda en su tierra, pese a sus goles y sus buenos rendimientos con la camiseta de la Selección, camiseta con la que se sentía en deuda en el 2010. Lo mismo pasa con las fugas de cerebros de científicos que tienen que trabajar lejos de su orígenes.

Parece no pesar la obtención de 6 Ligas de España, 3 Champions League, 6 Supercopas españolas, 2 Copas del Rey, 2 campeonatos Mundiales de Clubes, 2 Supercopas de Europa, 4 Balones de Oro, 3 Botines de Oro, 1Copa del Mundo Sub 20, 1 Campeonato Olímpico con Argentina en Beijing 2008, el primer puesto en las últimas Eliminatorias Sudamericanas. Lio es el goleador histórico del Barcelona y en la Selección ya marcó 42 goles, superando las marcas de Maradona y Crespo, siendo el segundo artillero histórico detrás de Batistuta (56).

El presidente de la Asociación de Psicología del Deporte Argentino, Marcelo Roffé, conoció al rosarino cuando era psicólogo de las selecciones juveniles y hace cuatro años decía: “Messi declaró que en las Eliminatorias no rindió porque tenía miedo de no dar lo que se esperaba de él”. El profesional explicaba que el miedo de la Pulga era una obviedad “sobre todo en un país exitista, en el que Dios te habla en una publicidad, la mano de Dios es el técnico –en el Mundial de Sudáfrica–, a Lio lo confunden con un Mesías y lo presionan 40 millones de técnicos”.

Joaquín va a mirar la televisión en pocos años y va a sorprenderse además por el mote de “mufa” que intentaron colocarle en este Mundial los desmemoriados dirigentes feudales de AFA al ídolo de sus abuelos, porque se retiró del estadio antes de que su equivalente actual marque contra el equipo persa. Los Grondona (Don Julio y su hijo Humbertito) sufren de la amnesia impune que otorga el poder y los fajos de billetes: borraron la cara del artífice del título de México ’86 y el campeonato de Italia ’90 en el que el Pelusa jugó infiltrado en el tobillo y llegó a otra final.

Quiero ser como vos
La Generación Messi aparece sintetizada en una bandera con la cara del 10 en la tribuna del Estadio Mineirão: “Cuando sea grande quiero ser como vos”. Otro trapo condensa el sentimiento que la gente tiene con Maradona y el delantero del Barcelona: “Messi, remontate un barrilete cósmico”.

Joaquín mira cómo sus primas escriben sobre algunas hojas “Vamos Messi” y en los nudillos finalizan el presagio para el partido con Irán: “gol” y “Argentina”. El rival, sufrido por sus historias bélicas, se atrinchera en el fondo para frenar a Lio y sus amigos. Partido duro, imposible entrar al área entre esas piernas acostumbradas a correr por sus vidas cuando eran chicos en la guerra contra Irak en los ’80. Pero en el primer minuto de descuento, aparecerá la magia.

La parábola hacia afuera por izquierda es un amago doliente que ejecuta un creativo desesperado que agudiza el ingenio ante la necesidad. El balón viaja esquivando rivales, lamentos y llantos de vidas pobres de los barrios sudamericanos. Pasa por entre el 16 y el 6 iraníes. El 5 la ve irse rumbo al arco –una foto aérea demostrará después que los 11 jugadores rivales estaban defendiendo en el área grande a los 91 minutos–. El arquero se estira como un trapo, pero no llega. La pelota que ejecuta en movimiento Lionel Messi alcanza una velocidad cercana a los 90 kilómetros por hora, más que lo que consiguen algunas motos, y mueve la red.

Joaquín, que gritó en todas las chances de gol precedentes, en la obra final de Lio quedó distraído y recién empezó a festejar en la casa de su abuela cuando escuchó el alarido de los más grandes. Sus primas escribieron “Gol de Messi” en un pizarrón. El mejor jugador del planeta saltó encima de un compañero que lo alzó y con los demás formaron una masa eufórica en la agonía del partido que los llevó a octavos de final. Para Joaquín, de la nueva generación de hinchas del fútbol argentino, la función recién comienza.

Se trata de una línea de crédito barato para comprar vehículos nuevos. Servirá también para utilitarios de terminales que acordaron rebajar precios. Financiará hasta 120.000 pesos en 60% con tasas que van del 17 al 19,2%.

El Gobierno nacional lanzó hoy el programa denominado Pro.Cre.Auto, que otorga créditos para la compra de vehículos nuevos a 60 meses y a una tasa anual de entre el 17 por ciento y el 19 por ciento. Estará vigente entre el 24 de junio y el 24 de septiembre y ofrecerá una línea de fomento para la compra de automóviles y pick up nacionales.

El objetivo de la Casa Rosada es reactivar el sector que muestra una fuerte caída en las ventas, por una menor demanda interna y del mercado brasilero. Con este programa el Gobierno buscará lograr una producción de 750 mil vehículos en los próximos 12 meses.

El gobierno nacional lanzó una línea de crédito blanda para estimular la producción y venta de vehículos nuevos. Se trata del ProCreAuto, una línea de préstamo a sola firma instrumentada por el Banco Nación y que estará sólo vigente por tres meses, según anunció la ministra de Industria, Débora Giorgi. El crédito financiará la adquisición de vehículos y utilitarios de trabajo de ocho terminales automotrices que negociaron con el Estado Nacional. El crédito prevé un margen de financiamiento máximo de $120.000 o hasta el 90% del valor total de la unidad.

ProCreAuto tendrá un plazo de repago de hasta 60 meses a una tasa del 17% para clientes del Banco Nación y el 19,2% para no clientes. Los pagos mensuales no podrán superar el 30% del ingreso mensual declarado. Según indicó Giorgi, a partir de este programa se reducen entre el 3 y el 13%, los precios de 26 modelos de todos los fabricantes de autos radicadas en el país. El crédito se constituye como el más barato del mercado para acceder a esta clase de bienes. Por ejemplo, para comprar un auto cero kilómetro de línea "económica" de $93.900 se debería realizar un pago inicial de $9.390 y luego cuotas de $2.642 para quienes no sean clientes del Banco Nación.

El Gobierno instrumentó esta línea de crédito en momentos en que la industria automotriz local atraviesa una fuerte caída de producción, ventas y suspensión de personal. De acuerdo con las estadísticas de la Asociación de Fábricas de Automotores (Adefa), en los primeros cinco meses del año la fabricación de vehículos nuevos cayó 22% y la venta a concesionarios bajó 32% respecto al mismo período del año anterior.

Uno de los más grandes escritores argentinos de los últimos 50 años apareció hoy en diario Clarín en una entrevista imperdible. Acá la nota completa.

Abandonen casi toda esperanza de encontrar anécdotas ychismes quienes se adentren en las páginas de Diarios. 1954-1991, de Abelardo Castillo. Algo de eso van a encontrar pero este libro es, por sobre todas las demás cosas que también es, la historia de una voluntad: escribir y ser escritor. A veces, eso se cuenta a través de anécdotas. Por ejemplo, la entrada del primero de octubre de 1958: “No quiero vivir engañado más tiempo. O renuncio a IGGAM –el trabajo– o renuncio a Abelardo Castillo. La elección parece simple”, anotó el muchacho de 22 o 23 años. Tiempo después, volvería a estar en esa disyuntiva. En el living de su casa, risueño y muy esbelto a sus casi 80, lo contó así: “Trabajé en un banco 14 días, y renuncié el día que gané el premio de Gaceta Literaria, porque tenía que ir a una entrevista en Radio Nacional y le dije a mi jefe que al otro día iba a tener que salir antes. El me dijo que no. Al día siguiente le digo ‘señor, me voy’ y él ‘no, no se puede ir’; ‘le aseguro que me puedo ir’, le dije, ‘además, no voy a venir nunca más’. Y así se terminó mi segundo trabajo.”

-Usted cita a Dostoievski para hablar de la “insinceridad” de los diarios personales.
-Para saber quién es un autor es más útil leer su obra de ficción. Probablemente hay capítulos de Crónica de un iniciado donde he ido más lejos y he sido más sincero, aún mintiendo, que en el diario. Por otra parte, los diarios no se escriben casi nunca en un estado normal, escribís cuando estás muy preocupado o muy desesperado o muy triste. Nadie escribe en un diario “hoy es un día precioso, me encontré la mujer de mi vida, hay un gran sol, estoy alegre”, no. Los grandes diarios, en general, dan la impresión de que el autor es siempre un atormentado y no, estaba atormentado cuando escribió en el diario.

-Usted afirmaba que si estaba bien no podía escribir.
-Sí, la felicidad, por lo menos a mí, me juega en contra. La literatura no se vive, se escribe, la vida se vive. Si estás haciendo el amor no estás pensando el tema para una novela. La vida real es muy difícil de escribir, eso por otra parte lo han dicho todos los escritores: hay que dejar morir el sentimiento para poder rearmarlo en la literatura y darle el sentido que tiene.

-Una construcción a posteriori.
-Siempre; en las fotografías de los diarios, cuando hay una gran catástrofe, aparecen chicos que se están riendo, como jugando. Rememorada, esa infancia empieza a ser triste, pero en el momento en que los chicos la estaban viviendo tal vez no era triste, porque está el mayor, el padre o la madre, que suponen que son los que tienen que arreglar todo. Entonces, muchas veces he dicho, ¿qué versión querés que te cuente de mi vida?, ¿la patética o la alegre? Porque podés contar un mismo hecho patéticamente o con alegría, pero es porque lo resignificaste después, el pasado es lo que sentís hoy de lo que es el pasado.

-¿Y cuando lo escribió, ¿qué lectores imaginaba para este diario? ¿O no imaginabas ninguno?
-Ninguno: el lector que imaginaba era yo mismo algunos años después. Para saber realmente quién sos, a veces tenés que recurrir a la pregunta de qué hubiera hecho yo a los 20 años. Tenía también la idea de ordenarme a mí mismo, como tal vez se nota en algunos apuntes que hay sobre Nietzsche o sobre Unamuno. La idea de la publicación es muy tardía, hará 3 o 4 años que Sylvia –Iparraguirre, su mujer, también escritora– me convenció, y algunos alumnos míos, a los que yo leía fragmentos del diario, para decirles que los problemas que ellos tenían en la literatura los tenía todo el mundo.

-Usted dice que es el destinatario de usted mismo. ¿Todo el tiempo se reconoce o hay cosas que le generan extrañeza?
-No me reconozco con facilidad a veces, porque no puedo saber exactamente cómo era. Por ejemplo, sé que hay páginas que fueron escritas en estado de ebriedad. La otra vez Sylvia me dice ‘tenés una descripción tan linda de una ardilla en el diario’ y le dije no, no era una ardilla, es una chica. Y hay otras cosas que están contadas como ficciones, en tercera persona y son totalmente personales. Es un yo que ya fue, esto suele ocurrir a veces.

-Hay muy pocas alusiones al alcohol en los Diarios.
-Sí y tomé durante 13 años y tomé muchísimo. Lo que pasa es que, primero, no aceptaba ser alcohólico, como todos los alcohólicos; segundo, que como podía escribir normalmente, no iba a poner ‘estoy escribiendo borracho’. Para saber algo acerca de mi alcoholismo, lo más probable es que tengas que ir a El que tiene sed donde hay cosas inventadas, omitidas incluso, pero que dan mucho mejor la medida.

-Eso de escribir le evitó la pérdida de memoria que a veces ocasiona el alcohol.
-Bueno, quién sabe todas las cosas que no anoté. Yo me acuerdo de haberle dicho a Sylvia y a Lelia, que es otra de las protagonistas del diario, ya de la época de mi alcoholismo, ‘decime qué hice anoche, pero decímelo con bondad’. Tenía un vacío horrible porque sabía que había hecho algo, pero en realidad tampoco quería que me dijeran, ‘hiciste tal cosa, tal otra’.

El que tiene sed
El que tiene sed es una de las novelas de Castillo, una de las que, a juicio de esta cronista, le valen el eterno amor de sus lectores. Ese libro. Y los Cuentos crueles: entre otras maravillas, Castillo le inventó una Medea gaucha a la literatura argentina. Si alguien se lo perdió, busque el cuento “Patrón”.

-En el diario usted habla de lo auténticamente argentino y dice que es el tango, el sainete, Martín Fierro y el Facundo. Hoy, 50 años después, ¿qué agregaría?
-Agregaría la obra de Marechal, la de Borges, la de Cortázar. Y ciertas obras de Mujica Láinez, como La casa, que es una obra muy nacional. Expresa una manera de ser de una clase, explica la decadencia del patriciado como no lo hizo ningún escritor. En La casa hay un testimonio feroz de Mujica Láinez en contra de su propia clase. Bueno, eso es autenticidad.

-Hablando de otros escritores, qué complicado su vínculo con Sabato.
-Lo conocí a Ernesto cuando yo tenía 24 años y él casi 50. Era un hombre deslumbrante. Fue una relación muy linda, hasta el año 63 o 64. Ya en el año 66, cuando se estrenó Israfel, yo estaba mucho más cerca de Marechal que de Ernesto. En realidad, duró 6 años. Esta era mi verdadera relación con Sabato: estábamos peleados todo el año y en Navidad él me llamaba o yo lo llamaba a él o iba a la casa en Año Nuevo y para Reyes ya había empezado de vuelta la discordia. No se podía ser amigo de Sabato, aunque uno lo quisiera, porque siempre te ponía en las situaciones más incómodas.

-Usted escribió que Marechal era el único autor que respetó humanamente, ¿por qué?
-Porque nunca lo oí hablar mal de otro escritor. La única objeción que yo le vi hacer a él de Lugones por ejemplo, al que no quería mucho, fue una objeción de tipo ético. Recuerdo que dijo que no le gustaba de Lugones que apoyaba solamente a aquellos poetas que se parecían a él.

-También escribió sobre autores más virulentos, como Viñas, que llegó a decir que usted era homosexual.
-Suponiendo que eso fuera una ofensa para mí. Además, creo que cuando fui a casa de David Viñas, fui con Betina –su novia de entonces–; lo hacía para molestarme.

-No parece a la altura de un intelectual tan grande como fue Viñas.
-No sé, pero hay un problema que es de la izquierda argentina, creo que se lo digo a Viñas en la carta que está en el diario también, que para un izquierdista en Argentina, no hay nada peor que otro izquierdista. ¿Te acordás de que Perón decía para un peronista nada mejor que otro peronista? Bueno, para un izquierdista no hay nada peor que otro izquierdista.

-¿Y por qué estaba tan enojado?
-Se especializaba en hacer enojar a la gente. Él contestó un reportaje, yo hice objeciones a ese reportaje y la cita que yo ponía ahí, en mis objeciones, era de Álvaro Yunque, decía: “No confundir hombre fuerte con hombre gordo”. David le tenía una especie de tirria a la gordura, tenía miedo de que le dijeran gordo. David se manejaba a las trompadas con la literatura en esa época.

-Y era grande.
-Sí, era grande, pero como yo decía en la otra carta, en San Pedro había visto un tipo muy grande que murió porque lo picó un mosquito. Eso lo enfureció, la carta que me mandó después, era larguísima y yo le contesté con esta y se la mandé para la casa. Muchos años después nos encontramos y Adelaida, su mujer, me dijo, “qué lástima que no siguieron esa polémica, era tan linda”. Y le dije que David no contestó la carta que yo le mandé, le tocaba a él mandarla. Estaba claro que íbamos a crecer en páginas hasta el infinito, porque él me mandó una de 20 y yo le mandé una como de 30. Yo sé que muchos años después alguien comentó esa polémica y David dijo, en su estilo coloquial revolucionario, que le iba a dar una trompada y le iba a arrancar la cabeza al que insistiera que había algún problema entre Castillo y él, que no había ningún problema. Su generación era gorila, nosotros no éramos peronistas, ni lo queríamos ser, pero no éramos gorilas. Ellos fueron todos frondizistas, después se arrepintieron, estuvieron en todos los puestos clave. Nosotros éramos como marginales, citábamos más a los anarquistas que a los marxistas. Esas cosas a Viñas le parecían juvenilismo, pero éramos jóvenes, ¿qué le íbamos a hacer? Teníamos 25 años, si tenés 25, te tenés que comportar como uno de 25. Se lo dije en la carta, no hay que ponerse el bigote.

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