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Sábado, 09 Febrero 2019 22:42

De la República de Weimar a la locura nazi de Adolf Hitler

Por Ernesto Simón

La caída de la República de Weimar y el triunfo de Hitler, sumergieron a Alemania en una de las peores atrocidades de la historia. Exterminio de judíos y xenofobia imparable.

La República de Weimar (en alemán Weimarer Republik) fue el régimen político y, por extensión, el período de la historia de Alemania que fue desde el 1918 al 1933, luego de la derrota del país en la Primera Guerra Mundial.

Tras la disolución del antiguo régimen en Weimar, de repente el poder se hallaba en manos de la izquierda. Una izquierda dividida que no pudo ofrecer una respuesta unánime a la cuestión de si el país debía convertirse en un Estado compuesto de consejos, a la manera de la nueva Unión Soviética, o si elegirían transformarse en una democracia parlamentaria, tal como sucedía en los países que seguían el modelo occidental.

El nombre de República de Weimar es un término aplicado por la historiografía posterior, puesto que el país conservó su nombre de Deutsches Reich (Imperio alemán). La denominación procede de la ciudad también llamada Weimar, donde se reunió la Asamblea Nacional Constituyente y se proclamó la nueva Constitución que fue aprobada el 31 de julio de 1919 y entró en vigencia el 11 de agosto del mismo año.

Este período, aunque democrático, se caracterizó por la gran inestabilidad política y social. Se produjeron golpes de Estado militares y orquestados también desde sectores de la derecha. También hubo intentos revolucionarios por parte de la izquierda y fuertes crisis económicas que azotaron al pueblo.

La combinación de todos estos factores fueron el caldo de cultivo para que un maniático megalómano llamado Adolf Hitler ascendiera en la nueva Alemania junto a su Partido Nacionalsocialista.

El 5 de marzo de 1933, los nazis obtuvieron la mayoría en las elecciones al Reichstag, con lo que pudieron aprobar la ley habilitante que, junto al Decreto del incendio del Reichstag del 28 de febrero, significó el final de la República de Weimar.

Si bien la Constitución de Weimar del 11 de noviembre de 1919 no fue revocada hasta el término de la Segunda Guerra Mundial en 1945, el triunfo de Adolf Hitler y las reformas llevadas a cabo por los nacionalsocialistas lograron instaurar el denominado Tercer Reich.

El final de la República de Weimar 

El pacto de los socialdemócratas con el Estado Mayor resolvió la cuestión a favor de una democracia parlamentaria, con lo que el SPD se opuso a aquellos miembros del partido que querían un Estado al modo soviético.

El resultado fue la división entre los socialdemócratas y los comunistas. Para apartar a la izquierda radical, los socialistas pactaron con el ejército y el cuerpo de funcionarios del Imperio. Sin embargo éstos, al igual que ocurría con los comunistas, tampoco aceptaban la democracia. Cuando la república se vio amenazada por la derecha, los burgueses dejaron a los socialistas restándoles su apoyo.

Si hoy miramos el fenómeno de manera retrospectiva, resulta evidente que los socialistas cometieron un error al no crear un cuerpo de funcionarios y un ejército propio. Fue un desacierto imperdonable el hecho de pactar con una burguesía que rechazaba la democracia burguesa. Por eso los socialistas no tuvieron más remedio que conducir la nave de la República de Weimar bajo la presión de sus camaradas comunistas.

Cuando en 1929, en plena crisis económica, apareció de pronto en escena un partido de derecha hasta entonces desconocido, los socialdemócratas no estaban preparados para hacerle frente. Hitler entraba en escena y era el principio silencioso de una masacre humana sin precedentes.

Adolf Hitler, la pesadilla nazi

Es casi inexplicable entender cómo una persona tan insignificante como Adolf Hitler pudo ejercer una influencia tan monstruosa sobre los alemanes. Es probable que Hitler representó el grado máximo de disolución de la sociedad de aquel entonces. El sujeto logró crear una atmósfera en la que se fundían miles de personas en un acto masivo. Él era lo que unía a la masa cuando, en sus escenificaciones, le devolvía a la gente su carácter colectivo, pues era un maestro de la puesta en escena. Inepto para cualquier trabajo normal, consagró sus días en Viena y Munich de preguerra al sueño de su futura grandeza, cuya parafernalia extrajo de las óperas de Richard Wagner.

Así lo cuenta, con inigualable lujos de detalles el autor Dietrich Schwanitz en uno de sus libros. Ya en el Munich de posguerra, Hitler trabajaba como soplón para la policía. Fue entonces cuando dio con esa banda de monigotes a la que más tarde convertiría en el núcleo del partido nazi y descubrió repentinamente su talento para narcotizar a las masas con su retórica. Había hallado su verdadero oficio: por fin ahora podría escenificar sus sueños de grandeza.

Algunos conocedores de la figura de Hitler creen que fue entonces cuando descubrió verdaderamente su antisemitismo. Es probable que sólo diera importancia a sus decorados ideológicos, tal el caso del darvinismo social, el racismo, la teoría del espacio vital, el antibolcheviquismo y el antisemitismo, en la medida en que le eran útiles para su puesta en escena.

Tuvo la genial idea de uniformar a los desclasados y a los parados y, mediante esta idea de opereta, pudo alcanzar varios objetivos a la vez. Los uniformados recuperaban su orgullo y ya no se sentía aislados, sino miembros de un grupo. Hitler evocó la célebre experiencia en el frente y la fantasía anuló la realidad de la derrota. Presentó a los burgueses el orden del ejército contraponiéndolo al caos que aquéllos temían que llegase desde la izquierda. Así logró presentarse a sí mismo como la fuerza del orden para futuras alianzas.

La estructura jerárquica del ejército al que imitaba, justificaba su presentación como Führer que exigía obediencia absoluta. Y cuando tuvo necesidad, extrajo de entre los uniformados las tropas con las que sembrar el terror en las calles y formar el servicio de orden con el que amedrentó a los demás. Pero, sobre todo, la sucesión de filas de uniformados constituía el decorado ante el que interpretaba sus embriagadoras arias retóricas.

Con la simulación teatral, Hitler superó la contradicción existente entre la grandeza nacional y el hundimiento personal y nacional. Siempre había transformado la realidad en sueño, y ahora la fingía con rituales y escenificaciones, con decorados y conjuros. La teatralidad procuraba un contexto a su delirante retórica y la hacía creíble. Hitler escenificó los deseos de los alemanes y suprimió sus contradicciones: su ejército no había sido derrotado, ningún enemigo podía vencerlo, sólo un traidor podía conseguirlo; pero un traidor que luchara con otras armas, de forma secreta y clandestina, un parásito y un disgregador: el Eterno judío.

Ahora los alemanes tenían un enemigo que preferían a los franceses o a los ingleses como culpable de su derrota. Con el racismo los alemanes pudieron sentirse, frente a los judíos, como una horda unida por vínculos de sangre. Y el antisemitismo les procuró el negativo de la escenificación de sí mismos como comunidad uniformada, pues pudieron presentar al Eterno judío como el arquetipo del que no se integra en la comunidad y es inmune a su encantamiento. El judío era el traidor por excelencia, situado al mismo tiempo en los dos lados de la frontera del grupo: alemán pero extranjero, asimilado pero ortodoxo, dentro pero fuera; y dentro de la comunidad, un parásito y un saboteador al servicio de otros poderes.

Si el odio de Hider hacia los judíos surgió sólo una vez que inició su carrera como demagogo, fue porque sabía que los judíos habrían sido inmunes a sus escenificaciones. Su antisemitismo era el rencor hacia el espectador que no aplaudía, el odio del chamán hacia aquellos a los que sus contorsiones dejaban fríos.

El resto de la historia, es una pesadilla que ya todos conocemos.