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Miércoles, 24 Abril 2019 15:18

Crecimos sin otra cosa que la curiosidad

Por Ernesto Simón

Pertenezco a una generación de atolondrados que crecimos mirando aquello que jamás podríamos alcanzar.

Eramos puramente curiosos, aunque podría decir, para no despertar la envidia de los más jóvenes, que crecimos a los tumbos, siendo esclavos de nuestros ideales y sirvientes de un sistema que funciona como un exprimidor.

También podría decir, como ya escribí hace poco, que "he visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos, muertos de hambre", y que los vi, sin que nadie me lo cuente, "arrastrándose por las calles, negros al amanecer, buscando una dosis furiosa". Pero eso ya fue dicho por Allen Ginsberg y podría ser tomado a mal.

Los vi, y por suerte no me lo contaron. Como ya expliqué al comienzo, pertenezco a una generación que no tuvo otra cosa que la curiosidad. Con ese solo ingrediente hicimos la masa de un pan que luego nadie quiso comer.

Es fácil ser un lisonjero que se arrastra ante el poder para conseguir ventajas. De esas lacras también he visto mucho y les juro, créanmelo, adiviné en sus ojos la deshonra oscura y la turbia indignidad.

Con una cuota de poder en la mano cualquiera es divertido, cualquiera es maestro, cualquiera puede llegar a ser cínico, si se lo propone.

Con una miserable cuota de poder, de esas que el Estado le regala a cualquier mediocre, hasta se puede aparecer con dotes de "gran señor" y conseguir que las demás lacras digan a su paso: "Ahí va un gran señor", y saluden complacientes ante ese pobre hijo de puta que usa el poder para abusar de los infelices como vos, que ya a esta altura del Neodecadentismo te has convertido en un gusano con morfología humana.

Nosotros crecimos con nada, aparte de la curiosidad, que ya dije, nada de nada.

Crecimos escuchando "El loco de la colina", con Jesús Quintero.

Crecimos mirando a los desgraciados que "cayeron de rodillas en catedrales sin esperanza rezando por la salvación de cada uno".

Crecimos admirando a Hugo Guerrero Martinheitz, viéndolo hacer de la televisión una herramienta digna que el tiempo se encargó de embrutecer con despiadada crueldad.

Crecimos viendo en la tele a Adolfo Castelo, y aprendimos que el humor y la ironía no consisten en burlarse del prójimo.

Crecimos mirando los monólogos de Tato Bores, los domingos por la noche, cuando nadie ofrecía algo que se le parezca a la sinceridad.

Crecimos con las canciones de Carlitos Balá y con el show de Los Payasos de la Tele, de Gaby, Fofó, Miliki y Milikito.

Crecimos insultando a Sarmiento, odiando al viejo fascista de Perón, esquivando al asesino de Videla, respetando a Alfonsín, esperando a Godot y enarbolando la bandera esquiva, contradictoria y ambigua de un país que nunca nos perteneció del todo.

Crecimos tanto que ya somos grandes y estamos a un costado del camino, mirando pasar la comparsa final de un mundo incierto y acabado, neodecadentista e irreversible, fatal.

Así nos va.