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Sábado, 10 Noviembre 2018 00:21

El genio de Tomás de Aquino

Por Andrés Borbore Muriel

Todos pueden encontrar la atmósfera de optimismo diseñada desde el estudio de las raíces más humildes del pensamiento, los sentidos y las evidencias de la razón.

¿Cuánto tiempo perduran las ideas de algunos hombres? Decir que Tomás de Aquino nació en el 1225 y que hoy, casi 800 años después se le estudie o se le mencione, se le referencie o se le cuestione en todas la Universidades del mundo, sería una respuesta más que contundente. De todas formas, más allá de cómo sea la disposición frente a lo postulado por el Aquinate, una cosa queda clara. Es inevitable hablar de su pensamiento.

El reflejo genial de sapiencia que tuvo para hacer de la filosofía aristotélica el sustento de su pensamiento es notable. Traer la filosofía de Aristóteles desde Oriente y ubicarla en el corazón del mundo Occidental se lo puede considerar como una verdadera revolución. Y eso hizo. Fue un escándalo para los más ortodoxos de su época, aunque luego con el paso del tiempo y con el estudio pormenorizado, se lo asumió como forma de certeza. Certeza sobre todo para el hombre común. Porque su vida quedaba protegida y también la de toda la sociedad ya que se fraguaban las relaciones con el fuego del sentido común. Y esa fue la gran batalla que libró toda su vida: honrar la verdad desde la proposición de razonamientos despejados de vicios y prejuicios. Y quizás encontremos allí otra revuelta en la misma revolución.

Esta revolución, quizás las más significativas en la historia de la humanidad, tuvo el aspecto de su autor. Sin altanerías, sin grandes elocuencias, apacible, sin buscar protagonismo. Sólo procuraba que la verdad sea exaltada por sobre todo. Con argumentos. Sin ironías.

Logró moldear una perspectiva filosófica hasta convertirla en un sistema, es decir, consiguió darle coherencia racional a toda la interpretación del mundo, del hombre y de las cosas. Y ese sistema hace las veces de intersección para trazar puntos de contacto hacia otras culturas con Aristóteles como un sabio en común. Desde Kinshasa hasta Pekín, de Buenos Aires hasta Frankfurt todos pueden encontrar la atmósfera de optimismo diseñada desde el estudio de las raíces más humildes del pensamiento, los sentidos y las evidencias de la razón.

Y ese aporte tiene plena vigencia. Ya que en épocas de multiculturalismo no es poca cosa tener un origen racional común que supere a las ideologías sesgadas de subjetivismo. Ideologías que viven envueltas en tiranías relativistas que generan atmósfera de pesimismo por la ausencia de las certezas que da la evidencia científica.

La sustentabilidad de su pensamiento reside en el respeto. El respeto a la naturaleza como lugar desde donde contemplar y encontrar modelos y el respeto por la naturaleza de las cosas. Este doble juego de respetos encuentra el punto central del realismo tomista. Las cosas son como son y no como me gustaría que fuesen. Los pétalos de las rosas rojas son rojos aunque me gustaría que fuesen blancos como la nieve.

Tomás enseñó a ver, conocer y asumir nuestra propia realidad. Ese proceso es exigente, porque nos intima a conocernos a nosotros mismos. Y ese es el principio de toda Filosofía.