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Viernes, 03 Mayo 2019 10:36

"Reparación histórica", la ficción que narra un episodio entre Gioja y Cristina

Por Ernesto Simón
La foto muestra un documento histórico: Peter Munk, su traductor, la entonces Presidenta Cristina Kirchner y el entonces Gobernador Gioja. La foto muestra un documento histórico: Peter Munk, su traductor, la entonces Presidenta Cristina Kirchner y el entonces Gobernador Gioja.

El cuento describe un encuentro que habría ocurrido entre Gioja y Cristina cuando ella era presidenta y él gobernador. El relato que abochorna a toda una sociedad.

Reparación histórica

El gobernador miró su reloj otra vez. Luego miró la ciudad por la ventanilla del auto oficial que había pasado a recogerlo por el aeropuerto. En cuarenta minutos lo recibiría la presidenta. Iban bien, pero desde hacía diez minutos estaban estancados en un embotellamiento. Adelante, a unas tres cuadras, hay un piquete, comentó el chofer. Quieren que el gobierno les regale casas. José Luis, el gobernador de San José de la Frontera, no le contestó. Siguió mirando su reloj. A su lado iba el secretario de prensa, el Turco Hamén, un muchacho egresado de la Facultad de Periodismo que hacía bien dos cosas: apretar a los medios haciendo valer la pauta y alabar al gobernador con una devoción que jamás lograría ninguno de los otros alcahuetes del entorno. El Turco tenía los dientes levemente hacia delante, parecido a Ñoño, el personaje de El Chavo. Era morocho, con un jopito demodé que caía sobre sus ojos. Buen muchacho en apariencia, campechano, convencido de que el jefe llegaría a ser presidente. Estaba dispuesto a todo para conservar su nivel de vida, su puesto político y su cercanía al poder. En realidad casi todos los funcionarios estaban en esa tesitura. Decían a todo que sí, aplaudían a rabiar al Flaco y mantenían una actitud genuflexa cuando estaban con él.

Bajémonos entonces y tomemos un taxi en la calle que viene, José Luis. Vamos, dijo el otro.

Al gobernador le decían El Vale Todo. Pero él no sabía nada. O si lo sabía, nunca lo había dado a entender. Antes, durante su mocedad, fue portador de otro sobrenombre: El Tula; aunque nunca le gustó que lo llamen así. Se lo tuvo que bancar mientras fue diputado pero cuando llegó a gobernador les dijo a sus funcionarios que ese apodo no corría más. Desde entonces todos le dicen El Flaco, como a Néstor. Había logrado un microclima. En San José de la Frontera todos estaban conformes con su gobierno. Lo veían como a un trabajador infatigable y hacedor por naturaleza. “El Flaco es incansable”, solían decir algunos de sus seguidores. Otros decían que no paraba de laburar. “Es un animal político”, repetían los más sofisticados, los que pretendían dar hacia afuera una imagen de analistas. La tarea para generar el microclima dentro de la provincia había sido sencilla: por un lado tenía su propio multimedios: un canal de televisión abierta, un diario papel, un semanario, cinco radios fm y una am. El multimedios era manejado por su hijo Gastón, un chico astuto que nunca trabajó hasta que papá le puso el exitoso emprendimiento familiar. De repente se convirtió en uno de los empresarios más exitosos del lugar. La otra maniobra era también simple: con la pauta de gobierno, efectivo contante y sonante, tenía a todos los medios sometidos y nadie se animaba a espetar una crítica por temor a perder esa platita mensual que les entraba tengan o no audiencia, vendan o no diarios, sean vistos o no en la tele. Guita fácil. El Vale Todo la tenía manejada adentro. El problema a veces sucedía con los medios de Buenos Aires. Afuera, la tarifa de periodistas y dueños de medios era más cara. En San José, por unos pocos pesos se conseguía el silencio obsecuente y desmesurado de la prensa vernácula.

En la provincia había una jerga política que no muchos manejaban. Era sólo de dominio de los que estaban en el ambiente. Cuando se decía que alguien “había llegado”, quería decir que había hecho la suficiente guita como para salvarse para todo el viaje. Tenían dos formas de catalogar al exitoso. Una era cuando comentaban que la “había levantado en pala”. La otra era más enroscada, decían que tal o cual “había encanutado un buen toco”. Cualquiera de las dos categorías era un pasaje directo a la buena vida for ever. El gobernador, se sabía, estaba posado desde hacía tiempo en el podio de los que la habían encanutado a lo grande. En el Centro Cívico de la provincia circulaba un chiste interno entre los empleados públicos. Decían que a El Vale Todo le había salido una hernia de disco de tanto levantarla en pala.

No le había sido difícil amasar fortuna. Con cada medida que tomaba para favorecer a la industria, pedía su parte a empresarios que entendían el juego desde antes que llegara la democracia. Eran hombres de negocios duchos y afilados en el antiguo juego del toma y traiga. Si el gobernador estaba adentro del negocio, el rubro nunca se vendría abajo. Haría de todo por sostener la rentabilidad. El Flaco pedía y ellos le daban. Cada uno con su parte mientras abajo, en ese sector indefinido y despojado al que muchos llaman el pueblo, se esperanzaban con el siempre bien ponderado derrame que nunca llegaba, ni llegaría.

El Vale Todo había armado sociedades anónimas y, camuflado en esa figura, era dueño de una empresa de transporte de cargas, una compañía dedicada a perforaciones en minería y petróleo, otra de transporte de pasajeros en trayectos de larga distancia y una que otra consultora con las que siempre ganaba licitaciones del Estado. A eso había que sumarle una cantidad considerable de inmuebles, una constructora, el multimedios que manejaba su hijo, la pauta oficial que el propio gobierno le pasaba a los medios de su hijo y alguna que otra platita cash que recibía cuando llamaban a licitar la obra pública. Y había un plus que se pagaba cuando le pedían una gauchada. El gobernador era un tipo campechano y gaucho, de eso no había dudas; un patriota. 

Caminaron dos cuadras para alejarse del corte. El secretario de prensa paró un taxi. Subieron. Hasta la Casa Rosada por favor, dijo el obsecuente. Estamos apurados. El tachero miró por el espejo retrovisor: primero a uno, después al otro, y metió primera. Aceleró y subió de nuevo la radio. El Negro González Oro pegaba sus cotidianos alaridos y metía música. Cada tanto se ponía a cantar dejando al descubierto su mal gusto de siempre; hábito que terminaba por evidenciarlo como un desafinado consuetudinario. Sin embargo los porteños estaban chochos con El Negro. Más desafinaba, más lo escuchaban. En la provincia pasaba algo similar con el gobernador. Mientras más rumores corrían acerca de su debilidad por embolsar plata del Estado, más lo votaban. Es que roba pero hace, decían en San José de la Frontera, una ciudad relativamente chica situada muy cerca de la Cordillera de los Andes. Su patrimonio había crecido exponencialmente durante los más de diez años que llevaba en el gobierno. Y, aunque su declaración jurada de bienes era un misterio, el mito de que “la había levantado en pala” crecía al ritmo de su popularidad. Desde muy joven, su hijo edificó un imperio mediático que incluía canales, radios, diarios y algún que otro medio de comunicación aún no detectado por los aguafiestas de siempre que seguían machacando con el arrugado estandarte de la decencia y la transparencia, dos cuestiones que a los jóvenes y a los viejos les importaba un comino. Todos los meses, religiosa y puntillosamente, papá gobernador autorizaba el pago de la pauta al multimedios del nene. Era una torta impresionante de guita que entraba como por un tubo. Plata fácil, pensaban muchos, pero nadie lo decía.

El chofer los llevó rápido. Casi no habló en todo el camino. Lo escuchaba al Negro Oro nomás. Tomó por avenida Moreau de Justo hasta Belgrano. Anduvo tres cuadras y dobló por Paseo Colón. Luego hizo dos cuadras más y llegó a Hipólito Yrigoyen. Llegamos, les dijo. El Turco pagó y los dos bajaron apurados. En cinco minutos era la reunión con la presidenta. El Vale Todo se había ido bien preparado. Llevaba una carpeta con gráficos e indicadores para dejarle a Cristina. Esta pulseada era crucial. De la Casa Rosada tenía que salir con el visto bueno para seguir adelante con el negocio. Cuando entre al despacho de esta turra te voy a dejar los celulares a vos, le dijo al Turco. Claro, sí, quédese tranquilo, José Luis, respondió el alcahuete. Le va a ir bien.

El gobernador estaba ducho en el arduo oficio del pechazo. Supo acostumbrarse a cultivar esos menesteres durante los tiempos en que había sido diputado y senador nacional. Tuvo que adquirir destreza en esa vieja práctica que consiste en golpear puertas de despachos, pedir fondos, pedir planes, pedir lo que sea para traerlos a la provincia, y con eso hacer un poco de demagogia. En realidad, en la jerga se dice “bajarlos a la provincia”, dejando bien en claro que el país es y seguirá siendo unitario. De aquellas conversaciones solían surgir roscas, algún porcentaje para el gestor. Algo que, dicho así, parece un eufemismo, pero que no es ni más ni menos que esa parte que nadie vio pasar y que comúnmente llaman coima.

¿Cómo anda, gobernador?, preguntó la presidenta ni bien El Vale Todo ingresó por la puerta de su despacho. Bien, presidenta, bien. Acá estamos, siempre buscando de qué manera hacer crecer un poquito más a San José. Me parece muy bien, le dijo ella. ¿Quiere tomar un cafecito? Bueno, meta, le respondió El Flaco ya sentado frente a Cristina. Ella lo miró a los ojos. Sabía que venía con algo grande y que el tema a discutir era grueso, pesado, jugoso. Tenía anotado algunos puntos para decirle. Sabía por dónde venía el pedido porque algo le había adelantado por teléfono al secretario de presidencia. Mire, presidenta, el tema acá es la Ley de Glaciares. Con esa ley nos da un golpe de gracia a los fronterizos, empezó el gobernador. A los oriundos de San José de la Frontera les decían fronterizos, gentilicio    que resultaba sugestivo para quienes lo escuchaban desde afuera. Sin embargo, los habitantes de la provincia estaban orgullosos de ser fronterizos, de tener un gobernador pujante y pechador, que robaba pero hacía, y que, principalmente, no tenía rival que amenazara su horizonte político. Acá tenemos Flaco Giorgia para rato, decían sus lisonjeros más devotos.

Vamos al tema, gobernador, le dijo la presidenta poniéndose seria de repente. El Flaco se acomodó, puso las manos sobre el escritorio de Cristina y le dijo: Mire, presidenta, acá el tema es la minería. Mi provincia tiene apenas un dos por ciento de la superficie cultivable. Estamos rodeados de montañas. La minería está generando mucho trabajo genuino en San José. Son muchas familias trabajando directa e indirectamente gracias a la minería. Los senadores no entienden nada. Me votan la Ley de Glaciares para hacerme la contra. ¿Sabe qué va a pasar con la ley? La presidenta lo miró y no respondió. Le mantuvo firme la mirada y lo dejó hablar. Sabía que El Vale Todo recién estaba calentando motores, que el pechazo todavía estaba lejos. Mire, si cada vez que una empresa minera se encuentre con un glaciar no va a poder dinamitar, estamos fritos. Ahí en la montaña tenemos oro, cobre, plata, y no sé cuántos metales más. Con esa ley vamos a ahuyentar a las mineras internacionales. Se van a ir. No van a invertir más en el país. Eso, para el progreso de mi gente, sería espantoso, una tragedia. La presidenta no quiso escuchar más. Lo cortó en seco. Vamos, José Luis, decime la verdad; necesitas seguir en el negocio con Barrick, con Xstrata Copper, con todas estas multinacionales que se llevan nuestras riquezas a cambio de un miserable tres por ciento. A ver, contame, porque de este tema nunca hablamos y creo que lo teníamos pendiente. Pero Cristina, me extraña, dijo El Vale Todo simulando sorpresa. No, retrucó ella, que no te extrañe nada. Decime ¿cuánto estás recibiendo por los favores prestados? El Flaco se acomodó el saco, estaba incómodo. Sabía que la charla iba a ser difícil y que esta señora, bah, la presidenta, era una mina jodida. De pronto los dos se quedaron callados. No por educación, ni por respeto. El mozo golpeó la puerta y se mandó con los dos cafecitos que habían encargado. Sirvió los pocillos, dejo la azucarera al medio de la mesa y cuatro sobres de edulcorante. Hizo un gesto de cortesía y se retiró.

Hacía poco, el gobernador Giorgia había sido motivo de burla en casi todos los medios del país por un himno que le habían escrito. Era tan ridículo y obsecuente que al otro día salió a despegarse del asunto y declaró que no tenía nada que ver con la marchita. Es que la pieza era lamentable: lo comparaban con un cóndor y lo mostraban subido a una mula cruzando la Cordillera de Los Andes, en clara analogía con José de San Martín, héroe indiscutido de estas latitudes que, de haber escuchado ese panegírico llamado himno, se hubiese retorcido hasta convertirse en un bicho bolita. El video clip fue subido a youtube y desde ahí explotó y se diseminó por todas partes. La presidenta no podía dejar de pensar en tamaña ridiculez. Lo tenía enfrente y no quiso humillarlo diciéndole que el himno que se había hecho hacer era una fantochada patética. Prefirió burlarse secreta-mente. Con sus allegados, la funcionaria había intercambiado bromas de alto calibre. Una mañana, en medio de una reunión con todos los ministros, Cristina le encargó al Jefe de Gabinete: Abel, por favor, enseguida llamale al Cóndor del Cielo del Valle Mundial porque parece que ha pedido una reunión conmigo. Era muy pedante la guacha. En un momento de la reunión, no aguantó la gracia que le causaba estar frente a este mamarracho de provincia con aspiraciones presidenciales. Para que no se note la tentación, esbozó una sonrisa que logró disimular llevándose la taza de café a la boca para taparse un poco.

Bueno, gobernador, hablemos claro. Usted sabe que mis tiempos siempre son cortos y que yo a usted le tengo el aprecio que le tenía mi marido. El Flaco entendió. Era un lince captando gestos o interpretando frases sueltas; palabras voladoras que se escurrían en el aire haciendo piruetas y ofreciendo oportunidades que sólo pueden aprovechar los buenos cazadores. Hizo como que se emocionaba, se refregó los ojos y dijo: Hasta el día de hoy lo extraño a Néstor. No se imagina presidenta el golpe que fue su partida para mí. Gobernador, dijo ella tajante, dígame sus números, quiero saber si coinciden con los que me informaron mis colaboradores. La presidenta miró de reojo la carpeta que tenía entre sus manos apoyada en el escritorio. El Vale Todo se dio cuenta que había llegado el momento de compartir la tajada. Sabía que era muy astuta, que se había hecho informar por los servicios de inteligencia y que seguro había telefoneado a los gerentes de las empresas extranjeras. Encima, la muy turra hablaba un inglés casi perfecto. Era ducha en el yes or not, en el how are you?, en todas esas frases políticamente correctas que aceitan cualquier conversación.

Sabía bien el número y conocía el procedimiento por el cual un gobernador pasa a ser empleado no sólo del Estado, sino de una multinacional dispuesta a todo. Además de todas las averiguaciones, la presidenta ya había tenido la oportunidad de conocer a la gallina de los huevos de oro. Pero en aquel entonces había evitado quedar expuesta pidiendo su tajada. El gobernador Giorgia acreditó méritos cuando sentó en su oficina a Peter Munk, el gerente de Barrick Gold, la compañía minera más grande del mundo. Fue un encuentro de tres en la Casa Rosada, donde cada uno expuso su parecer. En la reunión, Cristina no quiso comerse un caldo de gallina. Eligió dejar en pie al animal que, en adelante, pondría huevos de oro durante años. Algunos de esos huevitos son para mí, pensó secretamente mientras conversaban. El Vale Todo se mostró prudente, amable; un verdadero intermediario entre dos poderes que se miraban con desconfianza. Llámeme Peter, presidenta, dijo Munk para romper el hielo. El empresario era experto en romper el hielo. Arriba, en la cordillera, también. Dinamitaban sin problema para sacar el oro. Los glaciares se resquebrajaban y empezaban a derretirse. De apoco se iban achicando y no había nevada que los vuelva a reconstituir. Estaban haciendo estragos en esas gigantescas masas de hielo, reservas de agua dulce insustituibles para gran parte de los argentinos.

Ella se sintió más en confianza luego del oportuno y eficaz “Llámeme Peter”. Entonces hablaron. Limaron asperezas, consensuaron detalles y despejaron dudas. ¿Qué ofrece usted, Peter?, preguntó la presidenta. El empresario no dudo en su respuesta: Trabajo para los argentinos. El gobernador lo miró con cierto brillo en los ojos. Íntimamente lo admiraba. Lo consideraba un ejemplo a seguir. La firma de Peter se llevaba unos diez millones de dólares por día de Veladero, uno de los yacimientos de oro más grandes del mundo. Para fortuna del gobernador, la reserva estaba ubicada, por designio de los dioses, en los cerros de San José de la Frontera. Diez palos diarios era una cifra a la que El Flaco no llegaría nunca. De ahí que lo admiraba tanto. Munk era un semidiós para él.

Giorgia soltó la cifra en crudo, sin más prolegómeno que la seguidilla de números que, enfilados y puestos de corrido, formaban una suma atractiva para cualquier mortal poseído por la mundana avaricia. Ella lo escuchó impávida y luego bajó la vista para mirar su carpeta. Cotejó con sus números y asintió con la cabeza. Quiero la mitad, le dijo. Desde el mes que viene empezá a depositarme la mitad en una cuenta que va a pasarte Abal. Quedate tranquilo, él es de confianza, está conmigo a muerte. A cambio te prometo vetar esa ley de mierda. El Vale Todo sintió un sabor amargo pero aceptó sin discutir. Era una derrota previsible. Sabía de antemano que la muy guarra no es de conformarse con poco. De alguna parte habían salido los setenta y siete millones de patrimonio que declaró ante la Agencia Federal de Impuestos. Encima se calentaba cuando la prensa le sacaba en tapa el asunto del misterioso enriquecimiento experimentado a partir de la llegada de su marido a la presidencia. Como sucesora y heredera del finado, había hecho maravillas con los bienes. Su éxito era una analogía perfecta con aquel pasaje bíblico donde panes y peces son multiplicados con sencillez divina. Era milagrosa. Tal vez por eso la votaban. El pueblo esperaba el momento en que, en un rapto de mesianismo redentor, ella multiplicara las riquezas de cada uno de los argentinos. Todos querían salvarse.

El Flaco se levantó de la silla como un viento, intentó disimular su bronca y le tendió la mano. Presidenta, es un pacto, le dijo. Quédese tranquila, en adelante lo acordado estará cada mes en su cuenta. Y gracias por vetar la ley. A los fronterizos esa ley nos sumiría en la miseria. Ella asintió con la cabeza de nuevo y le dijo que confiaba en él.

Cuando salió, lo primero que encontró de frente fue al Turco Hamén. ¿Cómo le fue, gobernador? El Vale Todo lo miró fijo e intentando ocultar la furia le dijo que todo había salido bien. Vamos por ahí, ordenó. Comamos algo antes de ir a descansar. El Flaco tenía un departamento en la zona de Congreso. Lo había comprado en su época de diputado nacional. El Turco se alojaba en un hotel de Palermo. Los gastos, obvio, corrían por cuenta del Estado provincial. Los gatos también. Los viáticos eran un bálsamo inesperado que la vuelta de la democracia había restituido con asombrosa generosidad.

Las papas fritas estaban crocantes, ricas. El gobernador se comía un bife de chorizo bien jugoso. El alcahuete pidió una milanesa con dos huevos fritos. Masticaban en silencio, disfrutaban de la buena comida porteña. Rico, ¿no? Muy rico, dijo el otro. Y cada tanto el Turco le rellenaba la copa con un blanco chardonnay mendocino que habían ordenado por recomendación del mozo. De vez en cuando uno de los dos decía algo, pero la charla se agotaba a los pocos segundos. No había buen ánimo. El Turco se dio cuenta de que quizá en la reunión las cosas no habían salido del todo bien. Pero no quiso preguntar. El gobernador estaba introspectivo. Se lo notaba ensimismado, como si no pudiese dejar de pensar mientras masticaba. En efecto, era así.  En un momento el Turco se levantó para ir al baño. Ya vuelvo, dijo. La soledad le vino bien a El Vale Todo. Pensaba mejor estando solo. Y bueno, reflexionó, hemos pasado tantas cosas. Tendré que habituarme a no comerme el caramelito yo solo. En los años setenta padecimos la dictadura. Eran palos compartidos, hilvanó. Nos torturaban, nos espiaban, nos reuníamos a escondidas, nos detenían cuando se les antojaba y nos largaban cuando se cansaban de hacernos mierda. Será que ahora, luego de haber soportado tanto, ha llegado la hora de repartir el manjar de los dioses. ¿Será así?, se preguntó. Entonces se quedó con la mente en blanco unos segundos. Sorbió un trago largo de vino. Peleamos mucho para recuperar la democracia. Sufrimos. Pero ahora el país nos está haciendo un reconocimiento. Ésto es una reparación histórica. La patria nos exige que tomemos nuestra parte. Es una manera de compensarnos, se dijo, y se resignó a la idea de tener que compartir el generoso emolumento que venía recibiendo desde hacía años.

Pagaron y se fueron caminando hasta la esquina. Sobre la avenida seguro encontramos un taxi, dijo el alcahuete. Se alejaron por la vereda de una calle cualquiera de Buenos Aires. La ciudad se los tragó hasta convertirlos en dos puntos insignificantes perdidos entre la multitud.

Del libro Argentinos por nada, publicado en 2015 por editorial Wu Wei.